2 mar 2010

Frente a la casa de Margarita Saldaña el muchacho se estremecía. Sentía un calor por todo su cuerpo, sentía la sequedad en su boca. Él quiso tanto a Margarita Saldaña, pero ahora cómo podría verla a la cara, su vergüenza era gigantesca, casi del tamaño del mundo. Temía ver el rostro de la joven en alguna ventana de la casa, temía tanto verla.

Pasaba rápido, sin levantar la cara, con pasos agigantados por la acera. Sólo alcanzaba a ver de reojo el jardín, el pasto siempre verde de los Saldaña, sólo eso veía porque no deseaba observar más. Al momento en que caminaba cerca de la casa, su mente se iba llenando de recuerdos absurdos, tristes, melancólicos. Por qué con Margarita Saldaña.

En el colegio intentaba evitarla a toda costa. Cuando iba por el pasillo y veía la cabellera rubia de la chica, se detenía a hacer plática con cualquier persona, se dirigía a los baños o se metía a un salón. Qué le diría Margarita después de aquel terrible día. Mantenía un perfil bajo en la escuela. Al acabar las clases se dirigía apresurado a la entrada, tomaba su bicicleta y se iba. Disfrutaba del aire, de las casas coloridas de San Andrés, pero luego llegaba la tortura de pasar frente a la casa de los Saldaña.

Por las noches distraía su mente con historias de terror. Los monstruos, los vampiros, las momias, los gatos emparedados eran sus acompañantes de relajación, al menos ahí los protagonistas tenían un motivo para sufrir, sin embargo, al terminar los relatos, le invadía nuevamente el sentimiento de desesperación. Tapaba su cara con las cobijas, cerraba los ojos como si el estar a obscuras doblemente le sirviera para espantar las remembranzas, pero no lo lograba, ya que hasta en sus sueños Margarita Saldaña lo encontraba.

Los huevos fritos de la mañana habían perdido su sabor. El jugo de naranja siempre estaba desabrido. El tocino le revolvía el estomago. Era imposible continuar con esa situación, sabia plenamente que la receta era encarar a Margarita, hablar con ella sobre lo ocurrido, buscar una solución para así lograr recuperar su vida, era la única salida.

Era sábado, un día perfecto para presentarse en la casa de los Saldaña. La familia nunca salía esos días. La señora Saldaña tejía durante toda la jornada, mientras el señor Saldaña fumaba su pipa por las noches acogido por el calor ofrecido de la chimenea y Margarita, Margarita jugaba a las muñecas, con la casita de madera, con la ropita de estambre tejida por su madre. Jugaba todo el día, por eso hablar con ella en sábado era la mejor opción, ya que si algo malo pasaba tendría el refugio de las damitas de plástico.

Llegó al número 38 de la calle Miraflores. Estacionó la bicicleta en la banqueta, se abrochó el suéter rojo, regalo de su madre un día de navidad, y caminó seriamente, sutilmente, decididamente hacia la puerta. Dio tres golpes, toc, toc, toc. Se limpió el sudor de la frente con la manga del rojo suéter y de pronto la puerta fue abierta.

Lo que pasó ahí adentro él sólo lo sabe, pero salió con una gran sonrisa de la casa de los Saldaña. Tomó su bicicleta y se enfiló hacia el fin de la calle Miraflores, donde vivía Sebastián, El Sebas. Era sábado, el sol regalaba sus rayos a todos los mortales, no había nubes en el cielo, era una maravillosa tarde de primavera para jugar a las canicas y de paso ganarle las suyas a El Sebas.

16 feb 2010

En esta vida tenemos muchas posibilidades de cambiar el destino. Muchas personas u objetos nacen siendo algo que realmente les disgusta, pero está el poder en cada una de ellas para mandar al diablo todo y mutar a un ser muy diferente.

Esta es la historia de una pequeña línea recta, la cual nació un día sin número ni mes, nació gracias a la mano de un artista. Ella estaba primeramente contenida en una espesa mezcla, tenía un color radiante, maravilloso, hermoso, sin embargo, fue sacada de su lecho con un objeto que al principio no percibía del todo bien, fue hecha salir de su hogar y fue plasmada en una tela blanca, brillante.

Ya estando en ese frio sitio se dio cuenta de que era una línea recta, una simple recta, insignificante en todo el universo blanquecino que la circundaba, sabía de su existencia al momento de sentir la brisa que entraba por la ventana, por fin conocía su color, era negra. Todo a su alrededor era diferente y ella anhelaba tanto ser igual.

Fue pintada y luego abandonada por mucho tiempo, pasaron días y meses y años y se encontraba nuevamente encerrada con una capa de polvo que la cubría de inicio a fin, se sentía triste por las noches y por las mañanas, sentía la tristeza recorrer todo su pequeño cuerpo, no obstante, nada podía hacer en contra del destino, o al menos eso creía.

Estaba a punto de morir, el final lo sentía muy cerca y se preguntaba el porqué de tal situación, si ella nunca había hecho mal a nadie, si ni siquiera se le había dado la oportunidad de hacer algo más… y un día, un bendito día el artista abrió el ropero donde la tenía enclaustrada, nuestra línea recta recibía nuevamente los rayos del tenue sol decembrino, sabía que ese era su momento, su oportunidad para cambiar el destino y obviamente el universo, ya que cuando uno se arriesga a enfrentar al destino todo se modifica, le sonrió como una línea lo puede hacer, lo atrapó con su mirada; el artista también la veía, era un enamoramiento lo que estaba a punto de ocurrir, estaba ocurriendo y ocurrió.

Ahora se percataba de aquel utensilio que la hizo salir anteriormente, un pincel, y el artista comenzó a pintar por ahí, pintar por allá, el lienzo blanco se iba llenando de color, de amarillo como fondo, con un óvalo azul arriba de ella, pero ella no era modificada, seguía siendo la línea recta y negra. El hábil joven se dio un tiempo para descansar, la línea pensaba que ya había terminado, sin embargo, de pronto el joven se levantó de su silla, dejó de ver por la ventana y se acercó al bote donde ella se encontraba antes de salir, se imaginó que podría tener compañía pero grande fue su sorpresa cuando el artista se acercó y comenzó a aumentar su cuerpo, ya no era una línea recta pequeñita, ínfima, por fin tenia curvas, era más extensa y ocupaba el centro del cuadro, de la pintura que al final el artista llamó L'Oro dell' Azzurro, la línea tenía cara y una sonrisa bien dibujada, desde entonces es exhibida en Venecia, Italia, y a diario agradece a Joan Miró, el joven artista, por hacer de ella más que una línea recta.

12 feb 2010

A pesar de lo que piensen los demás la noche de ayer fue la mejor de mi vida. Tuve todo, absolutamente todo lo que he deseado en esta inmunda existencia, y yo tanto que había buscado en otros lugares, con la familia, en la escuela, en la iglesia, con los amigos, pero nunca me pasó por la cabeza encontrarlo en la calle.

Uno va caminando sin pensar, con la mente en blanco. Ve pasar todos los socialmente adaptados rumbo al trabajo, paseando con la familia en el parque, todas esas actividades de las personas “normales”, mientras uno entra a un restaurante alrededor de las dos de la tarde para dar la primera comida del día. Huevos fritos con un café negro, ni siquiera la comida es la mejor cosa, se tiene que soportar toda esa grasa, los platos sucios y el olor de esos sitios tan deprimentes como los restaurantes.

El comer sin pensar es bastante normal para mí. Ver el televisor, observar toda la desgracia en el mundo, los rostros de los niños hambrientos de África, las bombas cayendo en medio oriente y los cientos de personas decapitadas en el país, sin embargo ese día cuando las noticias anunciaban la nueva contratación de un futbolista portugués para un equipo español recobré la atención, fue un rayo, una fuerza inexplicable que me trajo de regreso a la realidad, una música hermosa, el ritmo del jazz que una chica de baja estatura, de cabello rizado y rubio había puesto en la rocola del lugar. Tenía demasiado tiempo sin escuchar algo interesante en ese sitio, siempre eran melodías sinsentido, pero ¡ah, esa música! Creaba una revolución en mis adentros.

La chica se percató de que la observaba cuando dejaba la rocola. No podía esconder mi mirada en otra persona u objeto, por lo cual la miré fijamente y le sonreí. Ella hizo exactamente lo mismo y se dirigió a su asiento, en la barra. Continué con lo mío, devorar esos huevos fritos, no había necesidad de pensar más allá, fue una simple mirada, me vi reflejado un poco en ella con ese gusto musical, sólo eso, porque cuántas personas existimos con los mismos gustos musicales o literarios, pero al mismo tiempo tan diferentes, no hay nada de excepcional en eso, lo verdaderamente espectacular fue cuando vi a esa rubia dirigirse hacia mí, en el primer instante creí que iba al baño, no podía existir otra opción, no obstante su mirada me decía algo, me avisaba, eran señales de alerta, era un llamado a larga distancia, por lo cual recobré la compostura y esperé el momento de contacto.

- Hola, mi nombre es Clara, ¿me puedo sentar?
- Claro, siéntate
- Y cómo te llamas, he visto que te gusta el jazz
- Miguel, me llamo Miguel y sí, el jazz me fascina, en este sitio nunca había escuchado a Parker

No pensaba muy bien con una mujer tan hermosa frente a mis ojos, qué podía decirle, realmente poco, así que me reserve a contestar sus preguntas. Charlamos cerca de media hora, me preguntaba cosas extrañas y yo contestaba de la misma forma, hasta me daba el lujo de mentir, además no la vería más, no había problema en contar cosas falsas, tal vez se las creyera, tal vez no, quién podía saber eso… ¿ella?. Me invitó a tomar un trago unas calles adelante cuando acabé con los huevos fritos, acepté sin pensarlo dos veces, no perdía nada, no tenía nada por hacer y unos tragos con una acompañante siempre es mejor que cualquier cosa.

Cuando llegamos al bar, sin consultarme, pidió dos whiskys dobles. Con el primer trago me desinhibí un poco y comencé a interrogarla. Por las respuestas supe que era una mujer inteligente, había estudiado filosofía, se había mudado de la casa de sus padres a los diecisiete años, trabajaba en un sitio, supuestamente ella, demasiado privado donde la paga era buena, le daba para comer, pagar la renta de un departamento e ir de compras cada quince días. Tomamos otros tres vasos y justamente cuando terminamos el tercero me invitó a pasar el rato en su casa, escuchando jazz con la compañía de más whiskey.

Ya en su casa continuamos la plática. No recuerdo de todo lo que charlábamos, creo no haberme interesado lo suficiente, simplemente fingía poner atención, asentir cuando se debía, decir unas cuantas palabras en ciertos momentos, todo eso, no necesito ser un hipócrita, un oídos de compañía, no, no soy así, con sólo escuchar su lenguaje deducía su inteligencia, eso me bastaba para pasar el rato, no quería anotar con ella, no lo necesitaba en ese momento, simplemente deseaba beber con alguien y escuchar buena música. Al estar sentados en su sofá de piel, muy como por cierto, me invitó otro vaso de whisky, lo acepté pero cuando estaba con la licorera en la mano, me dijo – no te gustaría… joderme-.

Joder, una palabra realmente fuerte, ese léxico ya no me agradaba, era una loca esta mujer, lo mejor sería salir de ahí con toda precaución, pero cuando comenzó a desabotonar su blusa, ya no podía hacer nada. Me desvestí rápidamente, ella me vio con una sonrisa un tanto burlona mientras las medias estaban saliendo de sus hermosas piernas, vi su ropa interior, brassier y bragas del mismo color, senos bien formados. Se acerco a mí y…

Fue la mejor noche de mi vida, sentir su piel, su aliento, sus muslos, toda ella olía tan rico, era un olor que tal vez sólo el cielo ha de tener. Nos desaparecimos en la cama, corrimos con el cielo, nos juntamos con el universo, creamos y destruimos mundos, nos enjuagamos con aguas cristalinas, nos ensuciamos con viscosidades corporales, fuimos uno, un ser doble, pero uno, uno, cuando ella suspiraba yo suspiraba, cuando ella gemía yo era ese gemido, me impulsaba hasta el techo, hasta el cielo, me hacia abandonar la habitación con su respiración, era el Armagedón, era la Creación, era el instante mismo de la creación, no de la humanidad, ni de la tierra, la del universo mismo, el vacio, las estrellas, los planetas, los meteoritos, la explosión, la expansión, veía todo eso y más, pero ella en el fondo, mi Venus, siempre en el fondo, mi Laura, mi Lucy, siempre en el fondo, esa imagen hermosa con las sabanas a punto de caer, resbalando por la cama, era el mejor cuadro, éramos seres divinos, teníamos todo, tenía todo, felicidad, amor, odio, coraje, esperanza en un simple instante, todo junto, era Dios, era Dios.

A la mañana siguiente me dijo que le debía trescientos pesos, mi asunción costó trescientos pesos, pagué sin reclamos, pero me acerqué a ella nuevamente, a esos labios, la besé como el día anterior, me besó como el día anterior, la magia continuaba, aún conservaba ese aroma divino. Me aparté un poco para observarla y sí, no había duda, era un ángel aquella dama, hermosa, magnifica, y yo ya no era dios, las sabanas ya no estaban cálidas, nuestro momento de gloria había pasado. Ese momento con ella fue lo mejor de mi vida, piensen lo que piensen, si es amor comprado, o barato, o pasajero, o fácil, realmente no importa, nada importa cuando se vive en un mundo como este, el amor y todas sus sensaciones no tienen un adjetivo claro, es simple y sencillamente amor.

15 ene 2010

El Monarca no tiene casa,
Ni amigos, ni primos,
Sólo madre y padre.
El Monarca vive solo.
Camina por las calles,
En busca de algún trabajo.
El Monarca tiene mucha ropa,
Pero muy poca le sirve.
El Monarca salta charcos los días de lluvias.
EL Monarca se resguarda del sol bajo arboles grises en primavera.
El Monarca se mete bajo la tierra en invierno.
El Monarca, dicen algunos, no siente, no piensa.
El Monarca viaja gratis al espacio sideral
El Monarca lo que sabe es porque lo vive
El Monarca arranca pasto para jugar
El Monarca toma piedras para aventar
El Monarca vive en la noche y en el día
EL Monarca no tiene hora para dormir
El Monarca tiene madre y ella lo ama
El Monarca y su madre andan juntos
Su madre se llama Ciudad
Su padre se llama Asfalto
EL MONARCA VIVE EN LA CALLE
EL MONARCA ES LLAMADO NIÑO DE LA CALLE
EL MONARCA ES UN MONARCA COMO MILES EN ESTE PAÍS

8 ene 2010

En este territorio el cielo no es azul, las delgadas lonas color rojizo protegen a los comerciantes del sol, ¿del sol?, o tal vez será de la lluvia porque en los recientes días el astro rey se ha dejado ver muy poco y en cambio tenemos como techo una mezcla de colores grisáceos, pero eso no es para los tianguistas de la calle De las casas en el municipio de La paz, ellos tienen un cielo colorado, unos más que otros, todo depende de la edad de la lona, hay unas que se ven casi rosas por lo viejas que están, sin embargo, el toque tenue de luz es el perfecto para hacer las compras.

El tianquiztli no tiene una entrada preestablecida, se puede ingresar por la avenida Texcoco donde el comprador es recibido por la chica embarazada con cara de pocos amigos encargada de vender el periódico, ella no forma parte del tianguis, es una empleada sedentaria, pero si se entra por la calle Magdalena las camionetas con abolladuras y de color opaco, encargadas del transporte de las mercancías, son las autorizadas de dar la bienvenida. Aunque el mercado callejero no tiene una entrada oficial siempre se podrá descubrir su fin, su salida, ya que las chácharas, trocitos de vida colocados en el suelo, son las señales para regresar a casa.

Alrededor de las once de la mañana, el mercadito ambulante se ve asaltado por las amas de casa, hormiguitas que caminan de un lado para otro verificando los precios. Se aproximan a los puestecitos erigidos con delgadas líneas de metal donde las frutas con sus colores cálidos descansan en su camita, en un pedazo de madera cubierto por una tela blanca. « ¿A cómo el kilo, marchante?» se llega a escuchar por parte de la hormiga, mientras comienza con un ritual, el sagrado acto de inspeccionar el producto: lo ve desde todas sus formas, lo toca ejerciendo una pequeña presión y hasta llega a olerlo, luego duda y por fin se decide a comprar dos mil gramos de naranja.

Las hormiguitas caminan por toda la calle, se las ve a la izquierda, a la derecha, entablando relaciones de negocios, de vez en cuando hay otras paradas a la mitad del tianguis platicando entre ellas, intercambiando puntos de vista sobre las profesoras de la escuela primaria, sobre los precios elevados de los comestibles, de todo lo que pueda ventilarse bajo un cielo rojo y siempre, siempre están las canciones de fondo, porque el chico de los discos piratas, aquel que se encuentra al lado de la humareda provocada por la carne de los tacos, no deja escuchar los murmullos de un pequeño mundo, todo se ve atrapado por un silencio ruidos, mientras los insectitos sociales compran y discuten.

En la pequeña calle los puestos se dividen en tres hileras, dejando dos rutas para los peatones, es una pequeña ciudad. Las carnes están por un lado, los pollos colgados de un tubo metálico, la carne de res exhibida sobre hules blancos, con su típica nube de moscas y sus perros flacos a los costados esperando una pequeña porción al menor descuido del vendedor. Después de ese espacio se encuentran las frutas y verduras, todas ellas deslumbrantes, con sus colores tan diferentes a los de la carne, es un gusto a la mirada ver un pequeño destello que sale de ellas. También están las revistas viejas, donde la gente muy pocas veces se detiene o la ancianita que vende sus bufandas que corre con la misma suerte. Los artículos de limpieza están más a lo lejos, pero los puestos de garnachas se encuentran a lo largo del mercado errante, con sus olores múltiples, el chorizo mezclado con el sudadero y con el queso y con la cebolla, un toque exacto capaz de abrir el apetito.

Algunos gritan para ofrecer sus productos, otros simplemente esperan al comprador para ofrecerle un poco de lo suyo, pero ellos, los comerciantes son sólo estatuas, a diferencia de las amas de casa, las únicas que tienen movimiento en ese cuadro, en ese pequeño mundo, son las espectadoras del museo, son las hormigas encargadas de la recolección de los granos, las únicas que hacen posible la perpetuación de una tradición mexicana.
*Crónica de un tianguis para el taller de prensa

2 ene 2010

Si te platicara lo que vi esta tarde no me creerías. Un hecho sorprendente, de aquellos que hacen parar al universo. Deja contártelo, seré lo más sincero posible porque en verdad estas cosas no se ven todos los días.

No te aburriré con el comienzo de mi día, es muy normal, tan parecido al tuyo o al de Marcos o al de Fernando que no tendría caso contar esas patrañas cotidianas. El hecho en sí inició en el metro, yo estaba leyendo el libro que me habías prestado la semana pasada, buen libro por cierto, ya tendremos tiempo de comentarlo. Estaba en esos momento donde la lectura se va apoderando de tu mente, te crees Kesey en aquel viejo autobús y vas sintiéndote todo un drogota, esos momentos de perdición donde uno se encuentra con el escritor (vaya cacofonía) y sí, ahí estoy, leyendo, sin embargo, de pronto escucho unos gritos al final del vagón, estaban a punto de pelearse por ahí.

Realmente no les presté mucha atención, yo continuaba leyendo y continuaba viajando mentalmente pero de pronto el griterío, mejor dicho el gritote porque solamente una persona aumentaba el tono de voz, hizo que despejara la mirada de las hojas amarillas de tu libro y distinguí a dos tipos, uno con unas gafas negras y otro… con una espalda ancha, no le veía la cara.
El tipo de las gafas estaba regañando al otro hombre, con unos gritos infernales, porque supuestamente lo había pisado, eso a mí no me consta, pero el viejo estaba tan entretenido en el regaño y el otro hombre simplemente le hacía ciertas señas con las manos, llegué a pensar que lo estaba ahuyentando como se les hace a las moscas, sin embargo, no era suficiente porque los gritos seguían saliendo e invadiendo el vagón.

La pelea o mejor dicho el monologo se prolongo hasta Miguel Ángel de Quevedo, estación donde yo tenía que descender y maravillosa fue la sorpresa al ver que también los dos hombre bajaban ahí, pero no para seguir con su camino, sino para liarse a golpes o al menos eso parecía. Mi espíritu chismoso hizo que me quedara viéndolos por un momento, me acomode en el andén mientras ellos (él) discutía (hablaba). Por fin pude observar el rostro de espalda ancha, era un joven de entre 25 y 28 años, por cierto no contestaba a las majaderías del señor porque era mudo, imagina, el otro mentándole la madre, poniendo en duda sus preferencias sexuales, en pocas palabras cansando la garganta sin ningún sentido y digo sin ningún sentido porque el joven tenía la enfermedad al dos por uno, sordo y mudo.

El andén se iba llenando de chinga tu madre, pendejo, qué no te das cuenta de las pendejadas que haces y movimientos de manos los cuales no entendía, sería bueno aprender ese lenguaje, señas por aquí, por allá, en fin todo un caos solamente visible para este mundo y ni tanto para este mundo ya que me di cuenta que el señor de las gafas era un ciego, a veces hablaba hacia el aire, hacia el anuncio publicitario y otras tantas hacia mí, era el caos del mundo.

En fin, toda una escena que jamás había visto se prolongó por cerca de diez minutos, imagínate a esos dos locos tratando de ofenderse pero simplemente no podían o no percibían. De pronto el tipo de las gafas comenzó a aventar golpes al aire, trataba de atinar al rostro del mudo, mientras éste solo esquivaba con movimientos casi dancísticos, se alejó un poco y el ciego seguía ahí, duro y dale, pegándole al viento, tratando de adivinar el escondite del sin palabras.

Después de un momento, el ciego se cansó y buscaba por medio de los sentidos funcionales al mudo, pero no lo encontraba y más bien él, el de palabras silenciosas lo encontró con un preciso izquierdaso, tan fuerte que hizo caer al suelo al pobre invidente, y ahí acabo todo, una pelea jamás antes vista (sigue sin ser vista por él ciego), dos personas, dos seres con capacidades diferentes tratando de sacar ese fuego provocado por un acontecimiento insignificante, yo tomé mi cosas y me vine para acá a contártelo porque no podía hacer nada más ya ves que con esta silla de ruedas muy poco puedo hacer. El suceso fue interesante, novedoso, fue como ver la pelea entre un tigre y un elefante, dos seres tan diferentes pero con el mismo instinto animal.

18 dic 2009

El olor de la noche me recuerda un poco lo que eres en verdad. Siempre he buscado por todos los sitios posibles esa mirada que me aliente a continuar este largo recorrido que es la vida, mas no la encuentro por ningún sitio, te has ido, has escapado de un final, triste o alegre pero siempre final.

No le encuentro una posible solución a todo esto, la he buscado por medio de las drogas, el alcohol, la literatura, la música, y entre otras cosas con resultados desalentadores. He intentado ponerme piripi para ver borrosos, para dejar todo a una suerte inexistente en la cual logre ver esa mirada tuya encajada en los ojos de alguien más, qué triste es la vida sin ti.

En ciertos momentos intento de imaginar escenas de mi vida en las cuales no hayas participado, me esfuerzo en hacerlo, busco en lo más recóndito de mi memoria, en aquellos pensamientos infantiles, en las fiestas familiares, en el brindis con los amigos, y nada… siempre estás ahí con tu cara iluminada por tu sonrisa, tus labios haciendo un pequeño corte para dejar ver los dientes, tus suaves y cálidas manos siempre en alguna parte de mi cuerpo, tus ojos, tus bellos y magníficos ojos con la mirada serena, tierna, bella, tan tuya, tan mía, siempre estas presente.

Qué puedo hacer en este instante de soledad, qué puedo hacer en este instante de soledad, busco una respuesta, ayúdame a encontrarla, la necesito tanto porque si no podría desfallecer en cualquier momento, mi vida volvería a ese rumbo trágico de antes, se encaminaría a la gran perdición de la que me sacaste. Cómo desearía verte otra vez, encore un fois, outra vez, altra volta, preciso de ti minha menina de olhos belos, quisera ter outra vida, outra oportunidade, julgo que não te perderia outra vez.

No sé lo que hice mal, imaginé que así era la vida con una relación amorosa, lo supuse al menos, gracias a toda las historias devoradas por los ojos, todos los cuentos de amor, por todo eso que los demás escriben haciéndonos creer en amor objetivo, en el amor como mapa del mundo, exacto, preciso. Todas esas historias corrían dentro de mí y las creía todas ciertas, nunca dude de ellas, las utilicé como manual de amor, coitadinho de mim, tan tonto, tan idiota, el gran idiota que deja pasar el amor entre sus manos para que resbale y toque el suelo donde desaparece, donde se evapora con los rayos solares.

Los recuerdos en este escrito no son necesarios, el lector intuirá todas los momentos vividos junto a ti, no necesita eso de las remembranzas porque todos hemos pasado por el mismo suplicio, todos somos los actores de una misma película, nos sabemos de memoria los guiones, algunos los repiten una y otra vez sin cansancio en búsqueda de ese verdadero amor, son como Hänsel und Gretel en busca de las migajas de pan para tornar a casa, así somos todos, la necesidad de regresar a casa o de formar una casa o de llegar a una casa o de llegar a la cama, da igual, da igual toda esta palabrería porque tú lector lo conoces muy bien.

Después de dos años he aprendido a manejar mi vida sin ti, a conducir con una venda tapando mis ojos, haciendo más difícil este camino, soy el piloto ciego, amor pasado, amor presente, amor tú, no distingo entre la felicidad y la tristeza, porque un ciego no distingue, siempre está en obscuridad, vive en obscuridad y no por eso deja de vivir, así soy yo en estos días, vivo por el deber de hacerlo, no por el querer, ya que eso te lo has llevado sin despedirte, sin darme la cara para besarla por última vez, sin ver esos maravillosos senos, ah que senos tuyos mi amor, casi como tu ojos. Te llevaste todo sin un motivo, eres como el tiempo, vas de aquí para allá, de atrás hacia delante sin un objetivo claro, eres tan libre y yo tan torpe.

Anteriormente mencioné tu semejanza con el olor de la noche y con eso mismo deseo terminar, explicaré el porqué para ti y para el lector: la noche es predecible hasta cierto punto, sabemos a qué hora llega, sabemos cómo se comporta, sabemos lo que debemos hacer en ella, pero el olor, el olor depende del lugar en donde te encuentres, puede ser un olor fresco, vivo, o, un olor a muerte, a smog, a penas, eso nunca lo sabemos a pesar de que hayamos tenido un día feliz, así eres tú, no sabía el objetivo tuyo y ni siquiera lo sé ahora, sé que estas ahí, que puedes penetrar a mi cuerpo generando un reacción como el olor de la noche, pero no te puedo predecir, no te puedo escoger, no puedo ni siquiera retenerte entre mis brazos, porque a pesar de que estabas siempre conmigo en algún momento del día, no tenía la seguridad de lo que serias en ese instante y yo, el gran idiota por intentar de predecir un futuro en base a manuales nada originales, dejé que te fueras lentamente, fui cerrando la ventana como todos lo hacemos por las noches para evitar alguna enfermedad, para evitar un sufrimiento en el futuro, predije erróneamente un final, lo diseñe a la perfección en mi cabeza, sin embargo, eras como el olor de la noche, existente pero impredecible.

 

Copyright 2010 Dios escucha por los ojos.

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