15 ene. 2010

El Monarca no tiene casa,
Ni amigos, ni primos,
Sólo madre y padre.
El Monarca vive solo.
Camina por las calles,
En busca de algún trabajo.
El Monarca tiene mucha ropa,
Pero muy poca le sirve.
El Monarca salta charcos los días de lluvias.
EL Monarca se resguarda del sol bajo arboles grises en primavera.
El Monarca se mete bajo la tierra en invierno.
El Monarca, dicen algunos, no siente, no piensa.
El Monarca viaja gratis al espacio sideral
El Monarca lo que sabe es porque lo vive
El Monarca arranca pasto para jugar
El Monarca toma piedras para aventar
El Monarca vive en la noche y en el día
EL Monarca no tiene hora para dormir
El Monarca tiene madre y ella lo ama
El Monarca y su madre andan juntos
Su madre se llama Ciudad
Su padre se llama Asfalto
EL MONARCA VIVE EN LA CALLE
EL MONARCA ES LLAMADO NIÑO DE LA CALLE
EL MONARCA ES UN MONARCA COMO MILES EN ESTE PAÍS

8 ene. 2010

En este territorio el cielo no es azul, las delgadas lonas color rojizo protegen a los comerciantes del sol, ¿del sol?, o tal vez será de la lluvia porque en los recientes días el astro rey se ha dejado ver muy poco y en cambio tenemos como techo una mezcla de colores grisáceos, pero eso no es para los tianguistas de la calle De las casas en el municipio de La paz, ellos tienen un cielo colorado, unos más que otros, todo depende de la edad de la lona, hay unas que se ven casi rosas por lo viejas que están, sin embargo, el toque tenue de luz es el perfecto para hacer las compras.

El tianquiztli no tiene una entrada preestablecida, se puede ingresar por la avenida Texcoco donde el comprador es recibido por la chica embarazada con cara de pocos amigos encargada de vender el periódico, ella no forma parte del tianguis, es una empleada sedentaria, pero si se entra por la calle Magdalena las camionetas con abolladuras y de color opaco, encargadas del transporte de las mercancías, son las autorizadas de dar la bienvenida. Aunque el mercado callejero no tiene una entrada oficial siempre se podrá descubrir su fin, su salida, ya que las chácharas, trocitos de vida colocados en el suelo, son las señales para regresar a casa.

Alrededor de las once de la mañana, el mercadito ambulante se ve asaltado por las amas de casa, hormiguitas que caminan de un lado para otro verificando los precios. Se aproximan a los puestecitos erigidos con delgadas líneas de metal donde las frutas con sus colores cálidos descansan en su camita, en un pedazo de madera cubierto por una tela blanca. « ¿A cómo el kilo, marchante?» se llega a escuchar por parte de la hormiga, mientras comienza con un ritual, el sagrado acto de inspeccionar el producto: lo ve desde todas sus formas, lo toca ejerciendo una pequeña presión y hasta llega a olerlo, luego duda y por fin se decide a comprar dos mil gramos de naranja.

Las hormiguitas caminan por toda la calle, se las ve a la izquierda, a la derecha, entablando relaciones de negocios, de vez en cuando hay otras paradas a la mitad del tianguis platicando entre ellas, intercambiando puntos de vista sobre las profesoras de la escuela primaria, sobre los precios elevados de los comestibles, de todo lo que pueda ventilarse bajo un cielo rojo y siempre, siempre están las canciones de fondo, porque el chico de los discos piratas, aquel que se encuentra al lado de la humareda provocada por la carne de los tacos, no deja escuchar los murmullos de un pequeño mundo, todo se ve atrapado por un silencio ruidos, mientras los insectitos sociales compran y discuten.

En la pequeña calle los puestos se dividen en tres hileras, dejando dos rutas para los peatones, es una pequeña ciudad. Las carnes están por un lado, los pollos colgados de un tubo metálico, la carne de res exhibida sobre hules blancos, con su típica nube de moscas y sus perros flacos a los costados esperando una pequeña porción al menor descuido del vendedor. Después de ese espacio se encuentran las frutas y verduras, todas ellas deslumbrantes, con sus colores tan diferentes a los de la carne, es un gusto a la mirada ver un pequeño destello que sale de ellas. También están las revistas viejas, donde la gente muy pocas veces se detiene o la ancianita que vende sus bufandas que corre con la misma suerte. Los artículos de limpieza están más a lo lejos, pero los puestos de garnachas se encuentran a lo largo del mercado errante, con sus olores múltiples, el chorizo mezclado con el sudadero y con el queso y con la cebolla, un toque exacto capaz de abrir el apetito.

Algunos gritan para ofrecer sus productos, otros simplemente esperan al comprador para ofrecerle un poco de lo suyo, pero ellos, los comerciantes son sólo estatuas, a diferencia de las amas de casa, las únicas que tienen movimiento en ese cuadro, en ese pequeño mundo, son las espectadoras del museo, son las hormigas encargadas de la recolección de los granos, las únicas que hacen posible la perpetuación de una tradición mexicana.
*Crónica de un tianguis para el taller de prensa

2 ene. 2010

Si te platicara lo que vi esta tarde no me creerías. Un hecho sorprendente, de aquellos que hacen parar al universo. Deja contártelo, seré lo más sincero posible porque en verdad estas cosas no se ven todos los días.

No te aburriré con el comienzo de mi día, es muy normal, tan parecido al tuyo o al de Marcos o al de Fernando que no tendría caso contar esas patrañas cotidianas. El hecho en sí inició en el metro, yo estaba leyendo el libro que me habías prestado la semana pasada, buen libro por cierto, ya tendremos tiempo de comentarlo. Estaba en esos momento donde la lectura se va apoderando de tu mente, te crees Kesey en aquel viejo autobús y vas sintiéndote todo un drogota, esos momentos de perdición donde uno se encuentra con el escritor (vaya cacofonía) y sí, ahí estoy, leyendo, sin embargo, de pronto escucho unos gritos al final del vagón, estaban a punto de pelearse por ahí.

Realmente no les presté mucha atención, yo continuaba leyendo y continuaba viajando mentalmente pero de pronto el griterío, mejor dicho el gritote porque solamente una persona aumentaba el tono de voz, hizo que despejara la mirada de las hojas amarillas de tu libro y distinguí a dos tipos, uno con unas gafas negras y otro… con una espalda ancha, no le veía la cara.
El tipo de las gafas estaba regañando al otro hombre, con unos gritos infernales, porque supuestamente lo había pisado, eso a mí no me consta, pero el viejo estaba tan entretenido en el regaño y el otro hombre simplemente le hacía ciertas señas con las manos, llegué a pensar que lo estaba ahuyentando como se les hace a las moscas, sin embargo, no era suficiente porque los gritos seguían saliendo e invadiendo el vagón.

La pelea o mejor dicho el monologo se prolongo hasta Miguel Ángel de Quevedo, estación donde yo tenía que descender y maravillosa fue la sorpresa al ver que también los dos hombre bajaban ahí, pero no para seguir con su camino, sino para liarse a golpes o al menos eso parecía. Mi espíritu chismoso hizo que me quedara viéndolos por un momento, me acomode en el andén mientras ellos (él) discutía (hablaba). Por fin pude observar el rostro de espalda ancha, era un joven de entre 25 y 28 años, por cierto no contestaba a las majaderías del señor porque era mudo, imagina, el otro mentándole la madre, poniendo en duda sus preferencias sexuales, en pocas palabras cansando la garganta sin ningún sentido y digo sin ningún sentido porque el joven tenía la enfermedad al dos por uno, sordo y mudo.

El andén se iba llenando de chinga tu madre, pendejo, qué no te das cuenta de las pendejadas que haces y movimientos de manos los cuales no entendía, sería bueno aprender ese lenguaje, señas por aquí, por allá, en fin todo un caos solamente visible para este mundo y ni tanto para este mundo ya que me di cuenta que el señor de las gafas era un ciego, a veces hablaba hacia el aire, hacia el anuncio publicitario y otras tantas hacia mí, era el caos del mundo.

En fin, toda una escena que jamás había visto se prolongó por cerca de diez minutos, imagínate a esos dos locos tratando de ofenderse pero simplemente no podían o no percibían. De pronto el tipo de las gafas comenzó a aventar golpes al aire, trataba de atinar al rostro del mudo, mientras éste solo esquivaba con movimientos casi dancísticos, se alejó un poco y el ciego seguía ahí, duro y dale, pegándole al viento, tratando de adivinar el escondite del sin palabras.

Después de un momento, el ciego se cansó y buscaba por medio de los sentidos funcionales al mudo, pero no lo encontraba y más bien él, el de palabras silenciosas lo encontró con un preciso izquierdaso, tan fuerte que hizo caer al suelo al pobre invidente, y ahí acabo todo, una pelea jamás antes vista (sigue sin ser vista por él ciego), dos personas, dos seres con capacidades diferentes tratando de sacar ese fuego provocado por un acontecimiento insignificante, yo tomé mi cosas y me vine para acá a contártelo porque no podía hacer nada más ya ves que con esta silla de ruedas muy poco puedo hacer. El suceso fue interesante, novedoso, fue como ver la pelea entre un tigre y un elefante, dos seres tan diferentes pero con el mismo instinto animal.
 

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