3 oct. 2009

Hace tiempo Oliveira tocaba la boca de La Maga, la dibujaba con soberana libertad y ahora, después de algunos años, tú y yo, sin ser esos dos míticos personajes, estamos cara a cara. La vista nos presentó, el oído nos enamoró, el gusto nos unió, el olfato nos reconoció, así que nos falta probar el último sentido, qué pasaría si comienzo a desnudarte en este momento, piénsalo un poco…

Por qué pensarlo, mi vida, si lo podemos hacer, si puedo acercarme a ti lentamente, besarte, apretar nuestros labios, comprimirlos, sentir la cueva acuosa donde mora la bendita serpiente, la suavidad de tu lengua, la frescura de tu boca, para dar paso al recorrido de mis manos, al pequeño paseo por toda tu ciudad, por tu cuerpo.

Sentir el vestido que traes puesto, sentir el satín que cubre todas las cuervas de tu cuerpo, quitar esa malla poco a poco para dar paso al deleite de la carne contra la carne, tibia en ciertos sitios, fría en algunos otros y húmeda en otras partes. No hay necesidad de imaginar los montes cuasi redondos de tus pechos, ni la largura, la carretera infinita de suavidad que hay en tus piernas, no hay necesidad, mi vida, todo se puede hacer en este instante, cuando tu liso cabello choca en la almohada y mis labios van dando saltos por cada parte de tu territorio, saboreando y sintiendo la dureza de ciertos lugares y la suavidad de otros, las planicies de algunas tierras y la voluptuosidad de otras.

Eres todo un territorio, es México enclaustrado en un cuerpo, la diversidad se puede hallar en cada rincón tuyo y yo te siento temblar contra mí, como una luna en el agua, como lo sintió alguna vez Oliveria, porque tal vez yo si sea él y tu sí seas La Maga, porque todo es una reproducción infinita, es el instante mismo del amor, es ese acoplamiento entre dos cuerpos que llegan a ser uno, entre esas dos masas primeramente frías y temblorosas para luego transformarla en una sola tibia, caliente, no obstante, al final continua temblando con esos saltos espasmódicos, esos brincos de felicidad de un cuerpo empapado de sudor amoroso.

 

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