17 jun. 2011

Martín nació en este blog. Martín nació no sé cómo. Simplemente salió de su escondite hace ya mucho tiempo. Ahora quiere regresar. Está casi de vuelta pero no en este blog. Digamos que se mudó de hogar. Quien desee saber de él puede visitar el siguiente link.


Este blog próximamente desaparecerá.

8 jul. 2010

Cuando llueve, Martín se pone triste. Se espanta con los rayos. Se espanta con los truenos. Le espantan las gotas de lluvia al escucharlas caer.

De pequeño, Martín se escondía en el sótano de la casa cuando llovía. Algunas veces buscaba a su mama. Intentaba cantar canciones infantiles. Inventaba juegos. Creaba diferentes situaciones para evitar pensar en la lluvia.

Ahora de grande. Martín, desde su escritorio ve las gotas de lluvia. No se mueve de ahí. Se enfrenta a ellas. Enciende un cigarro. Su mano tiembla. Sus piernas tiemblan, pero él sigue ahí. No importa lo que escuche. No importa lo que vea. Está decidió a no temerle más a la lluvia. Siente su pantalón tibio. Siente su pantalón mojado. Sabe que la lluvia continúa espantándolo.

22 jun. 2010

In Memoriam Carlos Monsiváis

Martín escucha los maullidos de los gatos callejeros. Lo espantan. Tiene que poner música para sentirse más tranquilo. Abre el reproductor. Busca una buena canción… una buena canción… una buena canción. No la encuentra. Todas lo hacen ponerse triste. Los gatos continúan con su concierto.

Pasa por la letra A… Adriana Varela. Con un tanguito se sentiría mejor… Los Mareados. Lo entristece aún más. Letra B… B.B. King. All over again. Qué guitarra. Mejor la quita. Letra C… Catherine Sauvage. Les amoureux du Havre.

Les amoureux du Havre. N'ont pas besoin d'la mer. Et les bateaux se navrent. D'être toujours seuls sur la mer…

La canción perfecta. Puisque la terre est ronde. No le importa escuchar esta canción. Inunda su cabeza. Inunda sus oídos. La letra se abre paso entre todo su ser. Los gatos ya casi no se escuchan. Los gatos podrán seguir allá afuera. Los gatos no importan tanto ahora.

Martín se ve cerca de El Havre. La imagen es borrosa porque no la conoce bien. Siente la brisa. Siente el agua del mar en los dedos del pie. Ve los pequeños botes. Ve el agua del Sena. Comienza a sentir esa realidad. Se está transportando a la Alta Normandía. Está por llegar. Un maullido salvaje lo regresa. Se asoma a la ventana. Dos gatos se aparean. Regresa a su escritorio… la música ha terminado.

20 jun. 2010

Martín desearía tener los mejore tenis. La mejor televisión. El mejor perro. Anhela tanto… tanto, tanto ser el mejor en todo. Ser el mejor profesor del magisterio. Ser el mejor vecino de la colonia. Y se esfuerza día a día en lograrlo.

En la colonia, Martín es el encargo de organizar las juntas vecinales. En la escuela, es el profesor encargado de de organizar todos los eventos conmemorativos del año. Él trata de participar en todas las actividades que lo formen o que lo hagan ver como el mejor en todo.

Sin embargo, nunca es recompensado por lo hecho. La directora lo considera el hombre más estúpido, inmaduro y manso de la escuela. Le ha dado todas esas oportunidades sólo porque los demás no quieren hacerlas. En su colonia, los vecinos lo odian. Sólo van a las juntas porque Martín regala café y galletas.

Nunca nadie le ha hablado sobre esto. Por lo cual, Martín continua en ese camino a la perfección. Se esfuerza día con día. Noche con noche. Martín quiere, desea, anhela ser el mejor hombre que jamás haya existido. Y al menos cree que puede llegar a serlo un día no muy lejano.

18 jun. 2010

- El camino nunca es como se quiere -, decía el imbécil de Julián. Y cómo iba ser así si estábamos pasando por una carretera hecha añicos, destruida, horrible. Íbamos a visitar al buen Armando, el mejor amigo para pasar el rato. En la ciudad no teníamos nada qué hacer y por lo tanto una visita fugaz a aquel hombre nos caería bien.

Tomamos la carretera libre para San José. No teníamos mucho dinero para pagar una autopista que nos ahorraría una hora, necesitábamos matar tiempo y una hora en auto era asesinarlo sin culpa alguna. En el trayecto consumimos más cervezas. Charlamos de algunas cosas de interés personal y sobre todo disfrutábamos del ambiente.

Julián se quejaba por la rudeza de la carretera, mas no le prestaba mucha atención. Dejaba que se consumiera en sus criticas, en sus reclamos a todo aquello que le molestaba y eso eran miles de cosas. Yo ya había aprendido a ignorarlo.

Al llegar casa de Armando nos percatamos que ya no vivía más ahí. Unos niños jugaban en el jardín y Armando nunca tuvo hijos, ni siquiera era bueno con ellos. Recuerdo la vez en que golpeó a un pequeño en la playa porque no lo dejaba escuchar las olas, - Anda, pequeño idiota. Lárgate con tu madre y deja de estar molestando a las personas importantes-, el pequeño se alejó con lagrimas en el rostro, Armando ni siquiera se inmutó.

Estacionados frente a la antigua casa de Armando, le pedí a Julián que preguntara a la familia sobre el paradero de los antiguos inquilinos. Bajó con desgano, se acercó a la puerta e interrogó a los infantes. Regresó rápidamente y me informó que, según los niños, el señor que vivía ahí había muerto. No le creí, lo mandé al diablo, lo mandé a que fuera directamente con los padres de aquellos mocosos infelices, cómo se atrevían a jugar con la muerte de un ser querido.

Julián volvió a la casa. Pasó el jardín como si fuese el dueño y tocó a la puerta. De lejos vi a un hombre barbudo recibirlo. Después de algunas palabras hizo entrar a Julián. Qué iba a ser ahora aquel mozalbete, pasar a una casa cuando simplemente iba a pedir información sobre el antiguo habitante de ese viejo hogar.

Después de una hora… tal vez dos, vi salir a Julián de la casa. Le pregunté el porqué de la tardanza. Me respondió con una sonrisa en el rostro que Armando había muerto y que los señores Hernández eran buenas personas. No me importaba si los Hernández eran los mejores de la colonia o del mundo entero, quería saber el paradero de Armando para continuar con nuestra fiesta. – Está muerto, Antonio. Entiende. Los señores no dijeron más, ni siquiera la causa. Si no me crees ve y pregunta tu mismo -.

No iba a salir del auto, estaba bastante bebido como para caminar hasta aquella puerta. Pensé un momento sobre el verdadero paradero de Armando. Dónde podría estar ese hijo de puta. Cuánto dinero debe para querer dejar ese sitio. Por qué dicen que está muerto.

Arranque el sucio y viejo carro. Necesitábamos pensar más tranquilamente sobre el paradero de Armando. – Vamos a la playa. De aquí hacemos una hora, tal vez menos.- le dije a Julián. Aceptó sin reparo. Ahí íbamos otra vez a la carretera. Con un destino: la playa. Tal vez Armando estaría viviendo por allá, tal vez es verdad que está muerto. Quién podrá saberlo… al menos yo no… bueno, al final él se lo pierde.

17 jun. 2010

Martín es un hombre de pocos amigos. Cuenta con dos: Miguel y Manuel. Los sábados salen a caminar por la ciudad. Primero, llegan a una fondita para comer. Acompañan sus alimentos con una cerveza. Hablan muy poco en ese momento. Solamente se observan y sonríen. Al acabar, encienden un cigarro. Lo fuman despacio. Todavía sin hablar.

Al salir, van por un café. En el pequeño lugar comienzan a hablar sobre sus trabajos. El dentista sobre las muelas. El profesor sobre los alumnos. El estadista sobre los números. Pocas veces comprenden totalmente la información del otro. Simplemente asienten con la cabeza y todo está listo.

Al acabar el café se dirigen a un parque cercano. Se sientan en una banca. Fuman y fuman. Fuman y fuman. Ven a las personas. Charlan sobre sus exnovias. Charlan sobre sus historias pasadas. Ríen un poco. Observan a la gente. La gente los observa y ellos… miran para otro lado.

Cuando el sol está por meterse, se despiden. Taxis a diferentes lugares. Apretón de manos. Manuel se va. Otro taxi. Apretón de mano. Miguel se va. Martin se queda en ese parque. Observa a la gente y decide regresar a pie.

En el camino, piensa en sus amigos. Son buenas personas, según él. Piensa invitarlos a comer el próximo miércoles. Avanza sobre la avenida. Toma el metro. Sería perfecto para Martín romper la rutina de los sábados. Un miércoles sería mejor. Llega a su destino. Camina otro poco para su casa. Al abrir la puerta. Al entrar la llave. La idea de invitar a sus amigos se esfuma. Los verá hasta el próximo sábado. Sí. Hasta el próximo sábado.

16 jun. 2010

Al pobre de Martín no le agrada conducir. Tiene un carro viejo, viejo. Lo utiliza para ir a trabajar. Para ir al mercado. Para ir por el pan. Para ir a la tienda.

No le gusta manejar esa chatarra. Cuando va por las calles el asiento le molesta. Le molesta la palanca de velocidades. Le molesta el motor. Odia ese humo que deja atrás. Odia el escape que explota y lo espanta.

No quisiera utilizar más esa máquina vieja. Quisiera tirarla por algún despeñadero. Verla incendiarse. Escupirla. Orinarla. Romperle el parabrisas. Despedazarle el retrovisor. Mandarla al diablo. Olvidarse de ella por completo.

Aunque algunas veces se siente mal por pensar todo aquello. La ama por un instante cuando la observa estacionada. Tan solita. Tan feíta. La ama como si fuera un ser de carne y hueso. Tan sólo si tuviera un poco de dinero para arreglarla. Para hacerla más bella… Para cambiarla.


 

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