16 jun. 2010

Al pobre de Martín no le agrada conducir. Tiene un carro viejo, viejo. Lo utiliza para ir a trabajar. Para ir al mercado. Para ir por el pan. Para ir a la tienda.

No le gusta manejar esa chatarra. Cuando va por las calles el asiento le molesta. Le molesta la palanca de velocidades. Le molesta el motor. Odia ese humo que deja atrás. Odia el escape que explota y lo espanta.

No quisiera utilizar más esa máquina vieja. Quisiera tirarla por algún despeñadero. Verla incendiarse. Escupirla. Orinarla. Romperle el parabrisas. Despedazarle el retrovisor. Mandarla al diablo. Olvidarse de ella por completo.

Aunque algunas veces se siente mal por pensar todo aquello. La ama por un instante cuando la observa estacionada. Tan solita. Tan feíta. La ama como si fuera un ser de carne y hueso. Tan sólo si tuviera un poco de dinero para arreglarla. Para hacerla más bella… Para cambiarla.


2 comentarios:

Silviahhh! dijo...

Martín debería conseguir un empleo de burócrata para tunear su nave, me cae bien. Me gusta lo que escribes.

ma grande folle de soeur dijo...

Me toca la historia de Martín... del amor una vez más! :) besos

 

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