12 feb. 2010

A pesar de lo que piensen los demás la noche de ayer fue la mejor de mi vida. Tuve todo, absolutamente todo lo que he deseado en esta inmunda existencia, y yo tanto que había buscado en otros lugares, con la familia, en la escuela, en la iglesia, con los amigos, pero nunca me pasó por la cabeza encontrarlo en la calle.

Uno va caminando sin pensar, con la mente en blanco. Ve pasar todos los socialmente adaptados rumbo al trabajo, paseando con la familia en el parque, todas esas actividades de las personas “normales”, mientras uno entra a un restaurante alrededor de las dos de la tarde para dar la primera comida del día. Huevos fritos con un café negro, ni siquiera la comida es la mejor cosa, se tiene que soportar toda esa grasa, los platos sucios y el olor de esos sitios tan deprimentes como los restaurantes.

El comer sin pensar es bastante normal para mí. Ver el televisor, observar toda la desgracia en el mundo, los rostros de los niños hambrientos de África, las bombas cayendo en medio oriente y los cientos de personas decapitadas en el país, sin embargo ese día cuando las noticias anunciaban la nueva contratación de un futbolista portugués para un equipo español recobré la atención, fue un rayo, una fuerza inexplicable que me trajo de regreso a la realidad, una música hermosa, el ritmo del jazz que una chica de baja estatura, de cabello rizado y rubio había puesto en la rocola del lugar. Tenía demasiado tiempo sin escuchar algo interesante en ese sitio, siempre eran melodías sinsentido, pero ¡ah, esa música! Creaba una revolución en mis adentros.

La chica se percató de que la observaba cuando dejaba la rocola. No podía esconder mi mirada en otra persona u objeto, por lo cual la miré fijamente y le sonreí. Ella hizo exactamente lo mismo y se dirigió a su asiento, en la barra. Continué con lo mío, devorar esos huevos fritos, no había necesidad de pensar más allá, fue una simple mirada, me vi reflejado un poco en ella con ese gusto musical, sólo eso, porque cuántas personas existimos con los mismos gustos musicales o literarios, pero al mismo tiempo tan diferentes, no hay nada de excepcional en eso, lo verdaderamente espectacular fue cuando vi a esa rubia dirigirse hacia mí, en el primer instante creí que iba al baño, no podía existir otra opción, no obstante su mirada me decía algo, me avisaba, eran señales de alerta, era un llamado a larga distancia, por lo cual recobré la compostura y esperé el momento de contacto.

- Hola, mi nombre es Clara, ¿me puedo sentar?
- Claro, siéntate
- Y cómo te llamas, he visto que te gusta el jazz
- Miguel, me llamo Miguel y sí, el jazz me fascina, en este sitio nunca había escuchado a Parker

No pensaba muy bien con una mujer tan hermosa frente a mis ojos, qué podía decirle, realmente poco, así que me reserve a contestar sus preguntas. Charlamos cerca de media hora, me preguntaba cosas extrañas y yo contestaba de la misma forma, hasta me daba el lujo de mentir, además no la vería más, no había problema en contar cosas falsas, tal vez se las creyera, tal vez no, quién podía saber eso… ¿ella?. Me invitó a tomar un trago unas calles adelante cuando acabé con los huevos fritos, acepté sin pensarlo dos veces, no perdía nada, no tenía nada por hacer y unos tragos con una acompañante siempre es mejor que cualquier cosa.

Cuando llegamos al bar, sin consultarme, pidió dos whiskys dobles. Con el primer trago me desinhibí un poco y comencé a interrogarla. Por las respuestas supe que era una mujer inteligente, había estudiado filosofía, se había mudado de la casa de sus padres a los diecisiete años, trabajaba en un sitio, supuestamente ella, demasiado privado donde la paga era buena, le daba para comer, pagar la renta de un departamento e ir de compras cada quince días. Tomamos otros tres vasos y justamente cuando terminamos el tercero me invitó a pasar el rato en su casa, escuchando jazz con la compañía de más whiskey.

Ya en su casa continuamos la plática. No recuerdo de todo lo que charlábamos, creo no haberme interesado lo suficiente, simplemente fingía poner atención, asentir cuando se debía, decir unas cuantas palabras en ciertos momentos, todo eso, no necesito ser un hipócrita, un oídos de compañía, no, no soy así, con sólo escuchar su lenguaje deducía su inteligencia, eso me bastaba para pasar el rato, no quería anotar con ella, no lo necesitaba en ese momento, simplemente deseaba beber con alguien y escuchar buena música. Al estar sentados en su sofá de piel, muy como por cierto, me invitó otro vaso de whisky, lo acepté pero cuando estaba con la licorera en la mano, me dijo – no te gustaría… joderme-.

Joder, una palabra realmente fuerte, ese léxico ya no me agradaba, era una loca esta mujer, lo mejor sería salir de ahí con toda precaución, pero cuando comenzó a desabotonar su blusa, ya no podía hacer nada. Me desvestí rápidamente, ella me vio con una sonrisa un tanto burlona mientras las medias estaban saliendo de sus hermosas piernas, vi su ropa interior, brassier y bragas del mismo color, senos bien formados. Se acerco a mí y…

Fue la mejor noche de mi vida, sentir su piel, su aliento, sus muslos, toda ella olía tan rico, era un olor que tal vez sólo el cielo ha de tener. Nos desaparecimos en la cama, corrimos con el cielo, nos juntamos con el universo, creamos y destruimos mundos, nos enjuagamos con aguas cristalinas, nos ensuciamos con viscosidades corporales, fuimos uno, un ser doble, pero uno, uno, cuando ella suspiraba yo suspiraba, cuando ella gemía yo era ese gemido, me impulsaba hasta el techo, hasta el cielo, me hacia abandonar la habitación con su respiración, era el Armagedón, era la Creación, era el instante mismo de la creación, no de la humanidad, ni de la tierra, la del universo mismo, el vacio, las estrellas, los planetas, los meteoritos, la explosión, la expansión, veía todo eso y más, pero ella en el fondo, mi Venus, siempre en el fondo, mi Laura, mi Lucy, siempre en el fondo, esa imagen hermosa con las sabanas a punto de caer, resbalando por la cama, era el mejor cuadro, éramos seres divinos, teníamos todo, tenía todo, felicidad, amor, odio, coraje, esperanza en un simple instante, todo junto, era Dios, era Dios.

A la mañana siguiente me dijo que le debía trescientos pesos, mi asunción costó trescientos pesos, pagué sin reclamos, pero me acerqué a ella nuevamente, a esos labios, la besé como el día anterior, me besó como el día anterior, la magia continuaba, aún conservaba ese aroma divino. Me aparté un poco para observarla y sí, no había duda, era un ángel aquella dama, hermosa, magnifica, y yo ya no era dios, las sabanas ya no estaban cálidas, nuestro momento de gloria había pasado. Ese momento con ella fue lo mejor de mi vida, piensen lo que piensen, si es amor comprado, o barato, o pasajero, o fácil, realmente no importa, nada importa cuando se vive en un mundo como este, el amor y todas sus sensaciones no tienen un adjetivo claro, es simple y sencillamente amor.

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