1 jul 2009

Ciudad de México, 21 de noviembre de 1999
Estimada Fernanda:

Hacía mucho tiempo que no sabía nada de ti, hasta que de pronto veo un mensaje en mi bandeja de entrada del correo electrónico y advierto un mensaje tuyo. No sabes cuánto me alegré, pensé que el olvido había llegado para mí.

Por lo visto Madrid te sienta muy bien, las clases en la facultad, las amistades que has hecho, la bella ciudad que ahora te envuelve, es un mundo maravilloso, pero siéndote sincero eso queda en segundo plano (al menos para mí), lo importante es el recordar a los que estamos aun en México.

Después del numerito que hice fuera de mi casa creí que nunca volverías hablarme (te pido una disculpa), no obstante, en aquel momento sentía perder una parte de mí, hubiese preferido perder una mano, un pie, qué se yo, me eras tan indispensable para salir adelante (suena horrible, patético mas, es la verdad) y ahora cuando estas a millones de kilómetros me percato de todas las capacidades que tengo para hacer mi propio camino (muchas gracias por ser mi maestra en esta vida).

No se me ocurre otro tema de conversación así que optaré por despedirme. Muchas suerte, te deseo mucha suerte en tu aventura europea, sé que no la necesitas eres brillante pero aun así te la deseo. Espero podamos escribirnos de esta forma ya que el internet se me hace… no tengo un adjetivo correcto, además con esta entrega postal podemos recuperar un poco el romanticismo de épocas pasada. Hasta pronto.

Eduardo

27 jun 2009

Tengo muchas ganas de jugar, Marco. Tiene más de dos años que no toco un balón de futbol porque allá donde vivía el frio no dejaba siquiera salir a la calle y el departamento que habitaba era demasiado pequeño como para aventurarme a patear un balón.

Apuesto a que tú has jugado millones de partidos. Aquellas mal llamadas retas en la calle. Cuando todos los chicos de la colonia salen para encontrar un momento de diversión. Ya imagino al robusto de Pepe en la portería, al pelirrojo de Luis como delantero, gritando durante todo el partido porque no se le dan los buenos pases o al menos los toques magistrales esperados por él, que se cree dentro del Wembley. Ya me imagino.

Recuerdo los cálidos días de primavera, todos dispuestos a jugar, con nuestras playera de equipos extranjeros, ¡ah! Que bellos días aquellos, Marco. Los libros todavía no nos encontraban, hasta huíamos de ellos pero, míranos ahora, encerrados en una biblioteca, que diversión tan diferente.

El conocimiento nos come, Marco, nos devora poco a poco, comienza mordiéndonos las uñas y después de un rato estamos ya en su gran boca, sin ninguna posibilidad de salir. Yo digo que no es mala la vida que llevamos, o al menos la mía, a pesar de haber abandonado las viejas forma de diversión, pueden ser meros pretextos personales, solamente míos, ya que tú continuas jugando, Marco, tú sigues sintiendo el aire en el rostro al correr tras el balón, escuchando los gritos de los muchachos, tú sigues ahí y acá.

Algún día regresare para disputar otra partida, Marco. Nunca dudes de mi regreso. Saldré a la calle con mi playera del Newcastle, con mis tenis viejos y sucios y con los años, con estos años que tengo encima, Marco. Regresaré para hacer las jugadas típicas de nosotros, jugadas para esquivar la buena defensa del Pocho y anotar así un gol y gritarlo y abrazarnos y descubrir que algo del pasado aun está dentro de nosotros.
Más de tres sueños me costaron conocerte. Caminar entre las plazas, ver a las parejas enamoradas comiendo un helado, las calles empedradas de mi cabeza, un tumulto de gente indefinible pero la única nítida, la única persona vestida de color rojo y no gris, eras tú.

La noche era un ser anhelado por mi persona. La bóveda obscura solamente con destellos de luz, pequeños destellos que me recordaban la hermosura que estaba por venir. Salir a la azote para fumar un cigarrillo mientras sentía la gélida brisa de invierno, entre hermosa obscuridad que estaba a punto de desaparecer por la brillante luz que irradiabas en mi sueño.

Niña, hermosa pequeña. Te he conocido de la mejor forma, conocidos sin presentarse, en un arrebato de imágenes creadas por mí, por yo, por lo que sea que fuera. Ver tu delicada boca moverse, formando palabras con el hombre más fornido de mi imaginación. Tu mirada estrellada entre las líneas toscas de su rostro hasta que de pronto comenzabas a observar a tu alrededor, era una miradita de descubridora y me veías, me localizabas y no me dejabas ir aunque estuviera siempre sentado en la banca de piedra blanca, donde te esperaba.

Te acercabas sigilosamente, un fado describía tus movimientos de gata, sigilosa para que nadie te viera. No tenías nada que perder ya que yo era el organizador y confabulador de aquella historia, pero eso tú no lo sabías. Preguntabas mi nombre a pesar de que en la noche anterior ya te lo había dicho, yo contestaba sutilmente y con una sonrisa que tú no comprendías del todo. Hablábamos, hablábamos, hablábamos, la gente continuaba con su curso, nadie sabía que estábamos ahí, sólo tú y yo. Hasta que de pronto unos temblores me invadían, ya sabía el final de aquello, tú solamente observabas hasta el punto, hasta el último punto en el cual te despedías con un simple adiós.

Despertaba bruscamente, el día ya estaba aferrado a mi ventana, el débil sol de invierno me regresaba a mi triste realidad, triste porque tú no existías en él todavía. Me levantaba tan rutinariamente, buscando mis pantuflas azules para bajar a desayunar el café frio y el periódico aburrido, sin embargo, entre la lectura de asesinatos viles, entre políticos nefastos y descubrimientos de la ciencia insignificantes, estabas conmigo, te aferrabas a mi memoria, me gritabas desde la negrura de la literatura periodística, yo te escuchaba, hasta te veía ahora en esos grises de la hoja por la simple razón de que eras tú.

Para precisar los números con aquello de los sueños puedo decir que cinco fueron, cinco viajes dentro de mi consciencia para conocerte, cinco noches esperadas con ansia de vicioso porque en la sexta noche te conocí verdaderamente, mientras caminaba en la obscuridad de la calle, con un paso veloz para llegar a casa y recostarme para verte, pero mi sorpresa fue tremenda al verte sentada platicando con un hombre fornido ahora de la realidad. Parecía ser una plática de novios, de amantes recientes porque no prestabas mucha atención a las palabras creadas por el chico de grandes musculoso ya que volteaste sigilosamente, tiernamente como en mi sueño para posar tú hermosa mirada en mi congelado rostro. Te sonreí, me sonreíste… la fantasía estaba a punto de ser realidad.

7 may 2009

Las sirenas de una ambulancia se podían escuchar a lo lejos de la casa, el triste sonido del blues invadía la habitación y él estaba recostado sobre el sillón verde, único recuerdo de su madre que había fallecido hace ya dos años. La lluvia se pegaba a los vidrios de la ventana y a pesar de tantos sonidos lograba escuchar la lluvia fuera, nunca había estado tan solo. El único compañero era el cigarrillo que sostenía en su mano y esos ruidos tan normales en la ciudad.

Temía dormir temprano, no sabía el porqué de tanto miedo. El día había sido bastante placentero hasta que salió de su trabajo y justamente cuando iba de regreso al hogar por ir distraído cambiándole de estación a la radio atropelló a un perro que se atravesó en la avenida. Era un hombre atento al volante, nunca le había pasado esto, nunca se había distraído tanto como para perder de vista el camino, como para no ver a un animal que cruzaba la calle y él que tanto amaba a los animales. Trataba de justificar su miedo dándole un concepto de luto por aquella muerte, a eso atribuía su malestar.

Lo mejor era dormir lo más pronto posible, no esperaba visitas, no esperaba llamadas, no tenía trabajo que finalizar en casa, lo mejor era descansar. De pronto la puerta sonó, un fuerte golpe lo hizo levantarse y preguntarse quién era el sujeto que lo iba a molestar a tan altas horas de la noche, tal vez podría ser su vecina, siempre lo molestaba por una taza de café o por un cigarrillo, pretextos para poder platicar con él. Se encaminó hacia la puerta, la abrió y se percató de que nadie estaba frente a él, se asomó hacia los lados, tal vez un chiquillo estuviera haciendo una maldad pero no vio a nadie, su miedo creció o mejor dicho apareció.

Regresó al sillón y se recostó nuevamente, solamente deseaba terminar el cigarrillo que estaba a la mitad y escuchar See see rider interpretada por Helen Humes. Miraba el humo que se deshacía en el aire y las mil figuras que podía crear con él. A la mitad de la canción la puerta volvió a sonar, justamente antes de la última fumada que le quedaba al pitillo, enojado se apresuró hacia la puerta, estaba harto de su vecina y de los niños de la colonia, aunque pensó que a estas horas lo niños deberían estar dormidos, se quedó detrás de la puerta y preguntó quién era, nadie le respondió, así que tuvo que abrirla nuevamente y vio una silueta de un hombre a lo lejos, por lo cual desde su posición le preguntó que si no había visto quién había tocado, el hombre no respondió pero comenzó a caminar hacia él.

Los pasos sigilosos del extraño bajo la leve lluvia preocupaban más al hombre parado en la entrada de la casa. La canción había terminado y sólo quedaba el silencio póstumo a las voces del siglo pasado, silencio que se rompía con cada pisada del extraño, con cada paso que rompía con el agua del pavimento, con cada respiro del hombre que observaba estupefacto el lento caminar de un simple extraño. De pronto el habitante de la casa se apresuraba a cerrar la puerta y esperaba pacientemente lo que viniera después, esperaba un toquido nuevo o simplemente una voz pero nada aparecía, el miedo lo tenía hecho trizas ya ni siquiera recordaba al pobre animal aplastado en el asfalto, deseaba dormir o cualquier otra cosa que lo alejara del momento que vivía.

Aun recargado en la puerta escuchó algunos ruidos que venían de la sala, donde se encontraba el sillón verde, sonidos de pasos que rondaban dentro de su hogar, rápidamente y sin pensarlo dos veces dejándose guiar por el temor que le corría por las venas se dirigió al sitio de donde provenían, ya ahí se dio cuenta de que un hombre estaba mirando por la ventana, no podía verle el rostro solamente una ancha espalda lo saludaba, no podía explicarse la presencia de este hombre en ese lugar. Cuidadosamente caminó hacia él y estando a unos cuantos metros le preguntó su identidad y lo que buscaba, sin embargo, no obtuvo ninguna respuesta mas bien el extraño con un movimiento leve giró la cabeza para ver quién lo interrogaba, qué sensación, qué desesperación sintió el curioso al ver que la cara del tipo estaba destrozada, con sangre escurriéndole del rostro y manchando su hermoso sillón.

Rápidamente el dueño de la casa se dirigió a la calle, corriendo lo más rápido que podía, el miedo era el motor que no lo dejaba frenar. A momentos volteaba para ver si no era perseguido pero se percataba que aquel hombre lo seguía al mismo paso, lo sentía cada vez más cerca hasta que de pronto en una intersección de calles lo único que alcanzó a ver fue una luz brillante proveniente de un auto a toda velocidad. El choque fue tremendo, tan fuerte que dejó a un cadáver con el rostro desecho en el pavimento y un carro huyendo a toda velocidad como si nada hubiese pasado.

23 abr 2009

Por qué se utiliza mucho una letra como ésta
si al final sirve para unir, pero, qué podemos unir aquí.
Nada está junto, todo lo hemos separado,
lo hemos convertido en dolientes llamadas lejanas
en tristes besos de despedida.

Tú con tu amor Y yo con mi pena

Caminamos por senderos sinuosos
que parecieran ser alegres Y motivadores

¡Veamos la realidad!
o al menos mi pequeña verdad

Yo te espero día con día
Y camino por callejones mentales hasta que rompo mi cráneo con la pared
Y pienso en ti Y lloro por ti Y finjo alegría por ti
Y la i griega podría seguir

Creando uniones como lo es ella misma,
Hasta que entienda por completo que
Tú Y yo ya no existimos unidos así
mas bien somos una simple I

6 abr 2009



-Ma aspetta un attimo, sei matto, non sai niente da me- fue la última frase que recuerdo de Isabella, después abrió la puerta, me miró por un momento y me dijo que me marchara, caminé con mis pocos recuerdos atrapados en mi puño cerrado, alcancé a verla por última vez cuando cerraba la puerta, ahí entendí que todo había terminado.


A Isabella la conocí en mi primer viaje a Italia, era un muchacho soñador que después de haber finalizado mis cursos de italiano en la universidad mi padre me había regalado un viaje a Roma, no pensé dos veces en ir además de que no sabía lo que allá me esperaría. Me despedí de mi novia Lourdes, de mi gran amigo Francisco, los únicos que fueron a despedirme al aeropuerto y de las únicas personas por las cuales sentía un… no se qué, un sentimiento extraño, no los quería, era algo más; pero no los amaba, era algo menos.


Al llegar a Roma busqué un hotel de los más baratos así me quedaría más dinero para gastar, eso sí, yo junté mi dinero para derramarlo en Europa, mi padre sólo pago el boleto de avión y el hospedaje, no podía pedir más, ya había sido demasiado generoso. El hotel en el que me hospedé tenía por nombre Fontana da Vita, que de vida no tenía nada, sólo unos cuantos cuartos infestados de cucarachas pero que la fachada estaba llena de vida con colores de aquellos que llaman la atención a un kilómetro de distancia. Ahí me alojé, después inicié a recorrer la ciudad, la gente pasaba, hablaba muy rápido, diferente al salón de clases, fue tanta mi confusión que me desesperé y terminé sentando en un café de no sé qué calle, ni siquiera la recuerdo.


Ya sentado pedí un espresso, dopo ho accesso una sigaretta, todo iniciaba a bajar de ritmo solamente que cerca de mí había una chica bellisima, de cabello largo y negro, negro como la tinta de mi pluma, negro como el gato que tanto había deseado, negro como el café que tomaba; sus ojos azules hacían un gran contraste en su rostro, tenía una nariz de tamaño medio, puntiaguda sin embargo hermosa. Quería hablarle, no sabía cómo acercarme, tal vez un –Ciao, come va?. Mi chiamo Alfonso e sono messicano. Possiamo parlare?- tal vez hubiera funcionado, sólo que no sabía a ciencia cierta cómo se le habla a una mujer en un país extranjero, no creo que sea como en México, donde la chica te mira, tú la miras, luego se acercan y ya, todo está listo. Entre mirada y mirada, mías claro, estaba a punto de abandonar la mesa para dirigirme a ella, en ese instante saldría todo, no era necesario pensarlo, pero se levantó antes de que tomara la iniciativa y se fue, me quede ahí, solo, solo, en otro país, sin saber hablar por pena, por extrañeza y sin nadie con quién iniciar la toma de confianza.


Terminé mi café y decidí salir para seguir conociendo tan maravillosa ciudad, pensaba ir al coliseo, después visitar algunas fuentes, ese era mi plan; no obstante a mi salida tropecé con una chica, no era fea pero tampoco bella como la que había visto unos minutos atrás, los dos caímos, ella me echó una mirada de pocos amigos, yo sólo logré decir – scusatemi, non ti avevo visto – ella solo mi guardo, volevo sapere quello che pensaba ma non ho potuto domandare, ero nervoso. Al levantarse me preguntó mi nombre:


- Alfonso, me llamo Alfonso- contesté entre unos balbuceos, no pude contestarle en italiano, no sé porque, creo que todavía la confianza no se posesionaba en mí.


- Sei spagnolo? Io non capisco bene quella lingua, sai parlare italiano?


- Chiaro, chiaro, parlo un po’ non sono bravo ma faccio uno sforzo per farmi capire.


Ahí conocí a Isabella, después me invitó un café, regresamos a la cafetería y hablamos por horas, a veces ella hacía unos gestos como si no entendiera lo que decía y sí, creo que no me daba a entender pero en verdad que el esfuerzo que hice ayudó para que después se ofreciera a mostrarme la ciudad. Fuimos por toda Roma, visitamos varios lugares para acabar en su casa tomando más café y fumando varios cigarrillos. Alrededor de la una de la madrugada le dije que me tenía que ir a lo que ella respondió que era demasiado tarde para irme, además que iba a ser difícil encontrar mi hotel a estas horas de la noche, yo sabía que lo podría encontrar pero la respuesta que había dado era como si quisiera que me quedara con ella y accedí inmediatamente, no me quitaba nada seguir con ella platicando.


La charla se alargó hasta las tres, hablábamos de su país, de mi hermosa nación, de mis sueños, de lo que abandonó, de lo que estaba por nacer, de lo que hacía ahí yo, de lo que ella quería hacer, hasta que entre frase y frase salió algo hermoso:


- Sei un ragazzo inteligente


- E tu una donna bellissima


- Bellissima? Credo che tu sei un po’ matto


- Matto? Forse, ma bella, veramente bella sei tu.


- Cosa farei se un baccio trova tua boca


Un baccio, un beso, el mejor beso que me han dado en toda mi vida, Isabella era una mujer que sabía hacer eso, hacía que se perdiera uno, que al momento de cerrar los ojos te trasportaras a otro mundo con ella, era un vuelo entre los dos, iba y volvía sin separarme, ni siquiera la chica que había dejado en mi tierra me había dado un beso de tal calibre, un disparo que eliminó todo lo que sentía, todo lo que creía, me transformó aquel beso internacional. Luego de aquel instante pasamos a otras instancias, llegamos hasta su cama, pasaron un sinfín de cosas, puede parecer algo raro pero en verdad me enamoré de ella en ese mismo lugar, en este pequeño lapso de tiempo, sentía que la amaba, entre caricias, besos y murmullos en italiano y español dormimos, le eché la mano por encima, ella se pego a mi cuerpo, se volteo hacia la pared, me dijo que apagara la lámpara que estaba en su buró, la apagué y desaparecimos de este mundo, dormimos, viajamos.


Al despertar ella no estaba, no había dejado nada en el cuarto para saber de su paradero, así que me vestí rápidamente y cuando salí de la habitación me percaté que ella estaba en la cocina haciendo el desayuno en ese momento me alegré tanto de verla, pensé que me había dejado como un idiota en su cama, como si hubiera sido un chico más pero no, hacía el desayuno, tal vez mi desayuno el nuestro, me acerque le di un beso en la mejilla y le dije – buon giorno, donna- ella me miró con esa extrañeza de antes y me contestó:


- Ciao ragazzo, hai dormito bene?


- Si, si. É stato la migliore notte della mia vita.


- Va be’, ma adesso doviamo parlare dei soldi.


¿Dinero? Por qué me hablaba de dinero, había sido la mejor noche de mi vita y ella lo echaba a perder con dinero, así que le dije todo lo que sentía, todo lo que había sentido estando con ella compartiendo el tiempo, la saliva, las palabras. A Isabella no le importó, no sé si me entendió bien solamente se rió a lo que yo contesté con un montón de palabrerías, que quería casarme con ella, que me había hecho muy feliz, que quería seguir conociéndola, que quería estar con ella, no ser su dueño pero sí su pareja, ahí creo que sí me di a entender porque respondió con:


- Ma aspetta un attimo, sei matto, non sai niente da me


Y todo lo demás ya se sabe, lloré por mucho tiempo recordando aquella maravillosa noche, sabiendo que era el amor que tanto había esperado, pero al regresar a México todo cambiaba, mi novia me esperaba, mi amigo fue a recogerme al aeropuerto, nunca más pensé en Isabella hasta ahora que he leído un artículo de los amores internacionales, que son pasajeros como lo es uno al momento de tomar el avión.

Dedicado a Quique Marx y Fantasía, por compartir
conocimientos, experiencias y pensamientos.

1 abr 2009

Nueve estrellas alcanzó a contar Miguel. Cuántas estrellas se pueden ver en un cielo despejado, con luces tenues en la ciudad, sin la contaminación de costumbre, cuántas se pueden contar. Él solo conto nueve porque los pensamientos no lo dejaban quieto, lo traían de un lado para otro, lo hacían viajar sin pasaporte y sólo nueve fueron las que su mente logró enumerar, las demás las dejó de lado porque el viaje comenzaba.

El chico solía salir a la azotea para contemplar lo que nos cumbre la cabeza, lo que nos protege del espacio pero que comienza a serlo, era una afición que tenía desde pequeño, desde que su padre lo sacaba a ver la luna llena, le contaba historias acerca de la relación que tenia ésta con los hombres y a pesar de que era pequeño entendía bien lo que su padre decía, desde ahí comenzaba a viajar sin abandonar el espacio-tiempo en el que se encontraba.

La noche era un hábitat perfecto para el muchacho, la obscuridad no le generaba miedo, ni cuando era un infante, él creía que las estrellas lo podían proteger de cualquier peligro y que la luna era la comandante de aquel ejército brillante. Había veces que les pedía favores, dirigiéndose a ellas con pensamientos profundos e imaginativos, era una historia recreada en su mente con él como personaje principal, de ahí se desarrollaba el relato que finalizaba con la atención pedida. Otras veces sólo contaba a forma de historia épica su día, esa gesta era pensada en cada momento que vivía, a veces se le aumentaban detalles que enriquecían la leyenda, modificando de a poco la verdad pero nunca mintiendo.

Miguel fue hijo único, creció en la soledad que la casa le brindaba, era raro según opiniones externas, era bastante normal según opiniones personales. La soledad que vivió lo preparó para no necesitar nada, se conformaba con lo que tenía, aceptaba lo que le era dado y si llegaba a pedir era únicamente para poder entablar una comunicación interestelar, interpersonal. El lenguaje tenía que ser respetado, era lo que lo formaba como persona, precisaba de él mas no lo utilizaba de la misma forma en que los demás, buscaba simplificarlo a tal punto de complicarlo para una mente razonable.

Todo ser que habla tiene una estructura definida en su lenguaje, Miguel también la tenía solamente que el entendimiento era reservado para él, un día se le ocurrió mostrárselo a su amigo más intimo, Pedro, pero su poco nivel de entendimiento hizo que soltara una risa que llegaba a ser carcajada a lo que Miguel respondió con una mirada fulminante, lo dejo convertido en cenizas ya que su gran tesoro se encontraba inmerso entre las palabras ya fueran escritas, habladas o pensadas.

Los únicos seres con los que podía entablar una comunicación con dicho lenguaje eran los que se encontraban en la parte superior, en la bóveda celeste; eran los únicos capaces de responderle, de cuestionarle amplia y concienzudamente, por tal motivo aquella noche solamente alcanzó a contar nueve estrellas, porque el día comenzaba a aparecer, era nueve horas las que llevaba fuera, nueve horas charlando y el astro rey comenzaba asomar sus cabellos dorados, el viaje se veía a lo lejos, era hora de despedirse y decir simplemente, hasta la noche.
 

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