7 may. 2009

Las sirenas de una ambulancia se podían escuchar a lo lejos de la casa, el triste sonido del blues invadía la habitación y él estaba recostado sobre el sillón verde, único recuerdo de su madre que había fallecido hace ya dos años. La lluvia se pegaba a los vidrios de la ventana y a pesar de tantos sonidos lograba escuchar la lluvia fuera, nunca había estado tan solo. El único compañero era el cigarrillo que sostenía en su mano y esos ruidos tan normales en la ciudad.

Temía dormir temprano, no sabía el porqué de tanto miedo. El día había sido bastante placentero hasta que salió de su trabajo y justamente cuando iba de regreso al hogar por ir distraído cambiándole de estación a la radio atropelló a un perro que se atravesó en la avenida. Era un hombre atento al volante, nunca le había pasado esto, nunca se había distraído tanto como para perder de vista el camino, como para no ver a un animal que cruzaba la calle y él que tanto amaba a los animales. Trataba de justificar su miedo dándole un concepto de luto por aquella muerte, a eso atribuía su malestar.

Lo mejor era dormir lo más pronto posible, no esperaba visitas, no esperaba llamadas, no tenía trabajo que finalizar en casa, lo mejor era descansar. De pronto la puerta sonó, un fuerte golpe lo hizo levantarse y preguntarse quién era el sujeto que lo iba a molestar a tan altas horas de la noche, tal vez podría ser su vecina, siempre lo molestaba por una taza de café o por un cigarrillo, pretextos para poder platicar con él. Se encaminó hacia la puerta, la abrió y se percató de que nadie estaba frente a él, se asomó hacia los lados, tal vez un chiquillo estuviera haciendo una maldad pero no vio a nadie, su miedo creció o mejor dicho apareció.

Regresó al sillón y se recostó nuevamente, solamente deseaba terminar el cigarrillo que estaba a la mitad y escuchar See see rider interpretada por Helen Humes. Miraba el humo que se deshacía en el aire y las mil figuras que podía crear con él. A la mitad de la canción la puerta volvió a sonar, justamente antes de la última fumada que le quedaba al pitillo, enojado se apresuró hacia la puerta, estaba harto de su vecina y de los niños de la colonia, aunque pensó que a estas horas lo niños deberían estar dormidos, se quedó detrás de la puerta y preguntó quién era, nadie le respondió, así que tuvo que abrirla nuevamente y vio una silueta de un hombre a lo lejos, por lo cual desde su posición le preguntó que si no había visto quién había tocado, el hombre no respondió pero comenzó a caminar hacia él.

Los pasos sigilosos del extraño bajo la leve lluvia preocupaban más al hombre parado en la entrada de la casa. La canción había terminado y sólo quedaba el silencio póstumo a las voces del siglo pasado, silencio que se rompía con cada pisada del extraño, con cada paso que rompía con el agua del pavimento, con cada respiro del hombre que observaba estupefacto el lento caminar de un simple extraño. De pronto el habitante de la casa se apresuraba a cerrar la puerta y esperaba pacientemente lo que viniera después, esperaba un toquido nuevo o simplemente una voz pero nada aparecía, el miedo lo tenía hecho trizas ya ni siquiera recordaba al pobre animal aplastado en el asfalto, deseaba dormir o cualquier otra cosa que lo alejara del momento que vivía.

Aun recargado en la puerta escuchó algunos ruidos que venían de la sala, donde se encontraba el sillón verde, sonidos de pasos que rondaban dentro de su hogar, rápidamente y sin pensarlo dos veces dejándose guiar por el temor que le corría por las venas se dirigió al sitio de donde provenían, ya ahí se dio cuenta de que un hombre estaba mirando por la ventana, no podía verle el rostro solamente una ancha espalda lo saludaba, no podía explicarse la presencia de este hombre en ese lugar. Cuidadosamente caminó hacia él y estando a unos cuantos metros le preguntó su identidad y lo que buscaba, sin embargo, no obtuvo ninguna respuesta mas bien el extraño con un movimiento leve giró la cabeza para ver quién lo interrogaba, qué sensación, qué desesperación sintió el curioso al ver que la cara del tipo estaba destrozada, con sangre escurriéndole del rostro y manchando su hermoso sillón.

Rápidamente el dueño de la casa se dirigió a la calle, corriendo lo más rápido que podía, el miedo era el motor que no lo dejaba frenar. A momentos volteaba para ver si no era perseguido pero se percataba que aquel hombre lo seguía al mismo paso, lo sentía cada vez más cerca hasta que de pronto en una intersección de calles lo único que alcanzó a ver fue una luz brillante proveniente de un auto a toda velocidad. El choque fue tremendo, tan fuerte que dejó a un cadáver con el rostro desecho en el pavimento y un carro huyendo a toda velocidad como si nada hubiese pasado.

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