27 jun. 2009

Más de tres sueños me costaron conocerte. Caminar entre las plazas, ver a las parejas enamoradas comiendo un helado, las calles empedradas de mi cabeza, un tumulto de gente indefinible pero la única nítida, la única persona vestida de color rojo y no gris, eras tú.

La noche era un ser anhelado por mi persona. La bóveda obscura solamente con destellos de luz, pequeños destellos que me recordaban la hermosura que estaba por venir. Salir a la azote para fumar un cigarrillo mientras sentía la gélida brisa de invierno, entre hermosa obscuridad que estaba a punto de desaparecer por la brillante luz que irradiabas en mi sueño.

Niña, hermosa pequeña. Te he conocido de la mejor forma, conocidos sin presentarse, en un arrebato de imágenes creadas por mí, por yo, por lo que sea que fuera. Ver tu delicada boca moverse, formando palabras con el hombre más fornido de mi imaginación. Tu mirada estrellada entre las líneas toscas de su rostro hasta que de pronto comenzabas a observar a tu alrededor, era una miradita de descubridora y me veías, me localizabas y no me dejabas ir aunque estuviera siempre sentado en la banca de piedra blanca, donde te esperaba.

Te acercabas sigilosamente, un fado describía tus movimientos de gata, sigilosa para que nadie te viera. No tenías nada que perder ya que yo era el organizador y confabulador de aquella historia, pero eso tú no lo sabías. Preguntabas mi nombre a pesar de que en la noche anterior ya te lo había dicho, yo contestaba sutilmente y con una sonrisa que tú no comprendías del todo. Hablábamos, hablábamos, hablábamos, la gente continuaba con su curso, nadie sabía que estábamos ahí, sólo tú y yo. Hasta que de pronto unos temblores me invadían, ya sabía el final de aquello, tú solamente observabas hasta el punto, hasta el último punto en el cual te despedías con un simple adiós.

Despertaba bruscamente, el día ya estaba aferrado a mi ventana, el débil sol de invierno me regresaba a mi triste realidad, triste porque tú no existías en él todavía. Me levantaba tan rutinariamente, buscando mis pantuflas azules para bajar a desayunar el café frio y el periódico aburrido, sin embargo, entre la lectura de asesinatos viles, entre políticos nefastos y descubrimientos de la ciencia insignificantes, estabas conmigo, te aferrabas a mi memoria, me gritabas desde la negrura de la literatura periodística, yo te escuchaba, hasta te veía ahora en esos grises de la hoja por la simple razón de que eras tú.

Para precisar los números con aquello de los sueños puedo decir que cinco fueron, cinco viajes dentro de mi consciencia para conocerte, cinco noches esperadas con ansia de vicioso porque en la sexta noche te conocí verdaderamente, mientras caminaba en la obscuridad de la calle, con un paso veloz para llegar a casa y recostarme para verte, pero mi sorpresa fue tremenda al verte sentada platicando con un hombre fornido ahora de la realidad. Parecía ser una plática de novios, de amantes recientes porque no prestabas mucha atención a las palabras creadas por el chico de grandes musculoso ya que volteaste sigilosamente, tiernamente como en mi sueño para posar tú hermosa mirada en mi congelado rostro. Te sonreí, me sonreíste… la fantasía estaba a punto de ser realidad.

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