3 abr 2010

-El día de ayer me pediste ayuda, pero ahora que vengo te haces el tonto y me ignoras. Dime, qué demonios pasa por tu cabeza, crees que estaré aquí por siempre, creo que te equivocas.

-Me podré equivocar en muchas cosas en esta vida, mamacita, pero estoy cien por ciento seguro de tu presencia en esta habitación siempre que lo requiera. Eres tan común, eres igual a las demás, buscas un momento de compañía y yo soy tu compañía, tu única compañía, por lo cual no debes de quejarte y anda, ayúdame a recoger esto.

-Entonces… sí deseas mi ayuda. ¿A caso es tan difícil decirlo?, dime, dime que me necesitas, no hay nada de malo en ello.

-Bien sé eso. No hay nada de malo pero no es una ayuda de esas que se piden. Tú deseas verme arrodillado, llorando, suplicando por tus malditas manos, no lo haré. Si quieres ayudarme levántate y ven para acá, rápido.

-¡ah! Con que ahora me apresuras, me ordenas. Esto ya no me parece ayuda, papacito, no, no, no. Me largo, te dejo y esta vez va en serio, ya no temeré más a esa soledad, al fin tú la creaste, fueron tus palabras las hacedoras de ese gran vacío que no me permite salir de esta relación, porque antes a ti estaba totalmente sola y no me importaba y no quería a nadie, a nadie, te lo juro.

-No conocía hasta donde podían llegar tus mentiras. Eras una mujer desesperada, recuérdalo, mamacita. Buscabas hombres por toda la calle, por las avenidas, por esos centros nocturnos donde se reúnen la bola de supuestos seres sociales, ahí estabas todos los viernes en busca de algún tipejo.

-Sí, sí. Ahí estaba yo todo los viernes, eso no lo niego, pero no buscaba a alguien, sólo quería emborracharme un rato, sabes lo bueno que es el alcohol, borracho de mierda, bien que sabes lo que es el alcohol. Ahora me vienes a dar un discursito de esos disque intelectuales, vamos borrachín, tú no tienes nada de intelectual.

-Te importa un comino si soy o no un intelectual, si soy o no un borrachito, eso es una cosa totalmente ajena a tu soledad. Tendré vicios, mamacita, como cualquiera, como cualquier puto ser humano los tiene, sin embargo, sin embargo estos vicios suelen ser mi compañía ciertas ocasiones, tú… tú no tienes ni un maldito vicio que te acompañe. Anda lárgate y deja de estarme molestando. Juro no volver a hablarte y si por alguna razón llegas a pararte por estos lugares tomo tu redondo culito y le meto una patada justo en el centro para correrte. Anda vete.

-Me voy, Erick. Te juro que no regresaré, ni me busques, esta mujer ya no es para ti.

-Anda, déjate de habladurías y cierra esa puerta, grandísima puta, largo, fuera de aquí.

Las manos de la chica temblaban al salir del departamento. Su mente trataba de apartarse de la idea de aquel hombre, del único hombre que había amado en su vida, mas no lo lograba, se sumergía en pensamientos, en vanos recuerdos con aquel granuja, cómo podía amarlo tanto a sabiendas del tipo de persona que era.

En sus pensamientos revoloteaba el dicho de uno de sus amigos: “las mejores mujeres acaban siempre con los peores hombres” y lo creía tan cierto en ese momento. Ella siempre le habría ofrecido un paraíso a ese tremendo hijo de puta, le complacía en absolutamente todo, sin embargo, él qué hacía por su bienestar, el qué hacía para mejorar la relación, se ponía a escribir sus cuentos sinsentido, sus cuentos sin pago, sin sueldo, sin dinero para comer, él no comía, no podía probar un alimento en dos o tres días, pero ella, ella sí era un ser humano.

Cómo un cabrón podía pasar las horas escribiendo, sin siquiera regalarle una mirada. Algunas veces deseaba ser vista, estar presente para el escritorcito, y éste se metía de lleno en las putas letras, en sus putos libros, con su cigarro en la mano, con su vaso de whiskey en la mesa, no tenía ojos para otra cosa que no fuera él. Una mujer se llega a cansar de ser invisible, de ser la ama de casa, de ser la lavandera, la cocinera, la mucama, de ser muchas cosas pero nunca mujer, con deseos y placeres por disfrutar.

Caminaba pensativa en busca de una solución a sus problemas, a su gran problema de ser un objeto. Cómo pasar de ser un objeto a ser un sujeto, tal vez buscando a otro hombre, el cual la pudiera entender, la pudiera observar en toda su esencia, el príncipe azul de los cuentos. No quería pensar más en el hombre barbudo y apestoso y viejo, no obstante, todos sus recuerdos la llevaban al mismo punto, con él, con el delicado pero cabrón, con el lindo pero hijo de puta, con él, su extraterrestre.

El semáforo estaba en verde. Se detuvo, se dio la media vuelta y regresó al apartamento, porque al fin y al cabo “las mejores mujeres acaban siempre con los peores hombres”. No se puede pelear con el destino, ella lo amaba tanto, no creía poder amar a otra persona como lo amaba a él.

-Está bien te ayudo a recoger

-Sabía que regresarías. Tienes un mal momento, sólo es eso, te entiendo.

-Cabrón, qué me vas a entender. Nunca lo harás.

-Puede ser cierto lo que dices, nunca te entenderé, pero no es necesario eso, mamacita, es cuestión de acostumbrarnos a vivir juntos, lo demás se va dando solo.

-No quiero hablar más del tema. Nos apuramos a recoger este desmadre de tu fiestecita y nos vamos a la cama.

-No puedo irme a la cama, necesito acabar el cuento. Te prometo que cuando acabe te despierto y hablamos por un momento.

-Está bien. No te preocupes, acaba tu historia, te la metes por el culo y yo te espero como siempre, como siempre, yo te espero.

15 mar 2010

Todos los sábados teníamos por costumbre ir a las afueras de la ciudad. Mi padre nos llevaba en la camioneta vieja, era demasiado espacio para tan pocas personas, hubiera sido mejor llegar en el tsuru rojo, mas esa camioneta le traía tantos recuerdos al viejo.
En esos viajes jugábamos a imaginarnos distintos animales. Ocupábamos los automóviles para aquella distracción. Mi hermano Esteban veía principalmente dragones, lagartijas gigantescas capaces de sacar fuego por la boca, sólo eso, ningún dato más, sin embargo, Félix, mi otro hermano, describía hasta los rasgos insignificantes, como el puntito de color rojo de su mariposa terrestre. Y yo, yo no recuerdo cómo relataba mis monstruos y ni siquiera recuerdo de cómo eran.
Cuando por fin descendíamos de la camioneta, mi madre descargaba todas las cosas, mientras mi padre colocaba la mesa plegable y la casa de campaña. Nosotros no ayudábamos en nada a esas tareas, preferíamos inspeccionar cuidadosamente la zona.
A pesar de ir siempre al mismo sitio, lo percibíamos de manera diferente en cada viaje. Era un nuevo mundo donde éramos los colonizadores. Esteban se subía a las piedras y con un tubo de cartón de papel higiénico intentaba observar más allá del horizonte, pero sólo veía montañas, no más, ni una casa, ni una persona, ni siquiera una animal, pero solamente una vez logró su objetivo.
El día de la cosa, como le habíamos nombrado tiempo después, hacíamos lo de costumbre, mas cuando Esteban veía por el cilindro nos alertó sobre una lagartija gigante. Enseguida Félix y yo creímos que se trataba de un auto y que nuestro hermano continuaba con el juego de la camioneta, no obstante, de pronto sentimos temblar la tierra, un algo se movía a lo lejos, sentíamos las vibraciones, lo mejor era esconderse en algún lugar para observar mejor.
Nos ocultamos detrás de unas rocas, tirados con la panza en la tierra, éramos verdaderos soldados a la espera del enemigo. Las vibraciones continuaban, el salto de la tierra continuaba, de pronto escuchamos un chillido espantoso, indescriptible. Vimos unas garras gigantescas, una piel cuarteada por el sol, una lengua de enormes proporciones que salía y se metía de la boca de esa cosa, pero lo más sorprendente eran los ojos, dos bolas negras, dos planetas como Júpiter, moviéndose de un lado para otro, era una bestia.
Tardó más de cinco minutos en pasar. Pensamos por un momento que se dirigía hacia mamá y papá, mas la cosa viró a la derecha y solamente su cola, su horripilante cola nos decía adiós.
Después de ese día nunca más volvimos. Poníamos pretextos para no regresar al campo y el tema de la cosa se quedó guardada en cada uno de nosotros, escuchar esa palabra nos estremecía, nos hacía sentir mal porque aún resonaba el chillido en nuestros adentros y nuestro cuerpo vibraba, temblaba como la tierra en aquel día.

5 mar 2010

Comienza trepando por mis piernas. Luego se aferra un poco a mi cinturón y pega un tremendo brinco hasta mi pecho. Yo no puedo hacer nada, él sube poco a poco, desea llegar a mi cabeza, pero… ¿será prudente dejarlo llegar hasta ese punto?

Todas las noches intenta hacerlo, sin embargo, nunca lo he dejado, me da tanto miedo que se meta por mis orejas o por mis ojos y entre de repente a mi cerebro. Imagina tener un animalito en ese lugar importante, podría controlar todos mis pensamientos, mis actos, mis decisiones. No, no, no, eso realmente es preocupante.

Se lo he comentado a algunos compañeros de la escuela. Les platico la forma en que se aferra a mi pijama, en cómo se sostiene con sus pequeñas garras, en su aspecto deforme. Trato de hacer una descripción fidedigna del animalucho, mas me tildan de loco, piensan que soy un consumidor de drogas o algo por el estilo… nunca me creen y no quiero que lo hagan, hasta cierto punto, es mejor mantenerlo en secreto.

Cuánto tiempo tendré que soportar todo esto. Él no piensa en irse. Por lo regular me deja descansar una semana. Una semana entera se desaparece de mi habitación, me deja tranquilo, con la duda de si volverá algún día, hasta lo extraño cuando no está presente, pero cuando llega todo es diferente, deseo alejarlo de mi alcoba, de mi cuerpo. He llegado a dirigirle algunas palabras, intentando entablar una comunicación para decirle que me cansa su presencia, sus actividades porque si desea estar ahí no hay problema, no obstante eso de trepar me molesto demasiado.

Nunca responde al dialogo, por eso lo considero un animal. Sus ojitos cuando hablo se quedan estático, me miran de una forma… tierna, agradable, pareciera prestar atención y de pronto otra vez, comienza a saltar, a intentar llegar a mi cabeza y yo manoteo, lo alejo hasta que cae abruptamente al suelo, luego se esconde bajo la cama y no lo veo hasta otro día.

Desearía saber el porqué está presente en mi vida. El porqué de su elección de molestarme todas las noches. El porqué de llegar a mi cabeza, qué hay ahí, qué desea encontrar en mi cerebro… cuántas personas sufrirán de esto, de animales extraños en las noches dentro de la habitación intentando subir y entrar a la cabeza, cuántas, cuántas existiremos.

2 mar 2010

Frente a la casa de Margarita Saldaña el muchacho se estremecía. Sentía un calor por todo su cuerpo, sentía la sequedad en su boca. Él quiso tanto a Margarita Saldaña, pero ahora cómo podría verla a la cara, su vergüenza era gigantesca, casi del tamaño del mundo. Temía ver el rostro de la joven en alguna ventana de la casa, temía tanto verla.

Pasaba rápido, sin levantar la cara, con pasos agigantados por la acera. Sólo alcanzaba a ver de reojo el jardín, el pasto siempre verde de los Saldaña, sólo eso veía porque no deseaba observar más. Al momento en que caminaba cerca de la casa, su mente se iba llenando de recuerdos absurdos, tristes, melancólicos. Por qué con Margarita Saldaña.

En el colegio intentaba evitarla a toda costa. Cuando iba por el pasillo y veía la cabellera rubia de la chica, se detenía a hacer plática con cualquier persona, se dirigía a los baños o se metía a un salón. Qué le diría Margarita después de aquel terrible día. Mantenía un perfil bajo en la escuela. Al acabar las clases se dirigía apresurado a la entrada, tomaba su bicicleta y se iba. Disfrutaba del aire, de las casas coloridas de San Andrés, pero luego llegaba la tortura de pasar frente a la casa de los Saldaña.

Por las noches distraía su mente con historias de terror. Los monstruos, los vampiros, las momias, los gatos emparedados eran sus acompañantes de relajación, al menos ahí los protagonistas tenían un motivo para sufrir, sin embargo, al terminar los relatos, le invadía nuevamente el sentimiento de desesperación. Tapaba su cara con las cobijas, cerraba los ojos como si el estar a obscuras doblemente le sirviera para espantar las remembranzas, pero no lo lograba, ya que hasta en sus sueños Margarita Saldaña lo encontraba.

Los huevos fritos de la mañana habían perdido su sabor. El jugo de naranja siempre estaba desabrido. El tocino le revolvía el estomago. Era imposible continuar con esa situación, sabia plenamente que la receta era encarar a Margarita, hablar con ella sobre lo ocurrido, buscar una solución para así lograr recuperar su vida, era la única salida.

Era sábado, un día perfecto para presentarse en la casa de los Saldaña. La familia nunca salía esos días. La señora Saldaña tejía durante toda la jornada, mientras el señor Saldaña fumaba su pipa por las noches acogido por el calor ofrecido de la chimenea y Margarita, Margarita jugaba a las muñecas, con la casita de madera, con la ropita de estambre tejida por su madre. Jugaba todo el día, por eso hablar con ella en sábado era la mejor opción, ya que si algo malo pasaba tendría el refugio de las damitas de plástico.

Llegó al número 38 de la calle Miraflores. Estacionó la bicicleta en la banqueta, se abrochó el suéter rojo, regalo de su madre un día de navidad, y caminó seriamente, sutilmente, decididamente hacia la puerta. Dio tres golpes, toc, toc, toc. Se limpió el sudor de la frente con la manga del rojo suéter y de pronto la puerta fue abierta.

Lo que pasó ahí adentro él sólo lo sabe, pero salió con una gran sonrisa de la casa de los Saldaña. Tomó su bicicleta y se enfiló hacia el fin de la calle Miraflores, donde vivía Sebastián, El Sebas. Era sábado, el sol regalaba sus rayos a todos los mortales, no había nubes en el cielo, era una maravillosa tarde de primavera para jugar a las canicas y de paso ganarle las suyas a El Sebas.

16 feb 2010

En esta vida tenemos muchas posibilidades de cambiar el destino. Muchas personas u objetos nacen siendo algo que realmente les disgusta, pero está el poder en cada una de ellas para mandar al diablo todo y mutar a un ser muy diferente.

Esta es la historia de una pequeña línea recta, la cual nació un día sin número ni mes, nació gracias a la mano de un artista. Ella estaba primeramente contenida en una espesa mezcla, tenía un color radiante, maravilloso, hermoso, sin embargo, fue sacada de su lecho con un objeto que al principio no percibía del todo bien, fue hecha salir de su hogar y fue plasmada en una tela blanca, brillante.

Ya estando en ese frio sitio se dio cuenta de que era una línea recta, una simple recta, insignificante en todo el universo blanquecino que la circundaba, sabía de su existencia al momento de sentir la brisa que entraba por la ventana, por fin conocía su color, era negra. Todo a su alrededor era diferente y ella anhelaba tanto ser igual.

Fue pintada y luego abandonada por mucho tiempo, pasaron días y meses y años y se encontraba nuevamente encerrada con una capa de polvo que la cubría de inicio a fin, se sentía triste por las noches y por las mañanas, sentía la tristeza recorrer todo su pequeño cuerpo, no obstante, nada podía hacer en contra del destino, o al menos eso creía.

Estaba a punto de morir, el final lo sentía muy cerca y se preguntaba el porqué de tal situación, si ella nunca había hecho mal a nadie, si ni siquiera se le había dado la oportunidad de hacer algo más… y un día, un bendito día el artista abrió el ropero donde la tenía enclaustrada, nuestra línea recta recibía nuevamente los rayos del tenue sol decembrino, sabía que ese era su momento, su oportunidad para cambiar el destino y obviamente el universo, ya que cuando uno se arriesga a enfrentar al destino todo se modifica, le sonrió como una línea lo puede hacer, lo atrapó con su mirada; el artista también la veía, era un enamoramiento lo que estaba a punto de ocurrir, estaba ocurriendo y ocurrió.

Ahora se percataba de aquel utensilio que la hizo salir anteriormente, un pincel, y el artista comenzó a pintar por ahí, pintar por allá, el lienzo blanco se iba llenando de color, de amarillo como fondo, con un óvalo azul arriba de ella, pero ella no era modificada, seguía siendo la línea recta y negra. El hábil joven se dio un tiempo para descansar, la línea pensaba que ya había terminado, sin embargo, de pronto el joven se levantó de su silla, dejó de ver por la ventana y se acercó al bote donde ella se encontraba antes de salir, se imaginó que podría tener compañía pero grande fue su sorpresa cuando el artista se acercó y comenzó a aumentar su cuerpo, ya no era una línea recta pequeñita, ínfima, por fin tenia curvas, era más extensa y ocupaba el centro del cuadro, de la pintura que al final el artista llamó L'Oro dell' Azzurro, la línea tenía cara y una sonrisa bien dibujada, desde entonces es exhibida en Venecia, Italia, y a diario agradece a Joan Miró, el joven artista, por hacer de ella más que una línea recta.

12 feb 2010

A pesar de lo que piensen los demás la noche de ayer fue la mejor de mi vida. Tuve todo, absolutamente todo lo que he deseado en esta inmunda existencia, y yo tanto que había buscado en otros lugares, con la familia, en la escuela, en la iglesia, con los amigos, pero nunca me pasó por la cabeza encontrarlo en la calle.

Uno va caminando sin pensar, con la mente en blanco. Ve pasar todos los socialmente adaptados rumbo al trabajo, paseando con la familia en el parque, todas esas actividades de las personas “normales”, mientras uno entra a un restaurante alrededor de las dos de la tarde para dar la primera comida del día. Huevos fritos con un café negro, ni siquiera la comida es la mejor cosa, se tiene que soportar toda esa grasa, los platos sucios y el olor de esos sitios tan deprimentes como los restaurantes.

El comer sin pensar es bastante normal para mí. Ver el televisor, observar toda la desgracia en el mundo, los rostros de los niños hambrientos de África, las bombas cayendo en medio oriente y los cientos de personas decapitadas en el país, sin embargo ese día cuando las noticias anunciaban la nueva contratación de un futbolista portugués para un equipo español recobré la atención, fue un rayo, una fuerza inexplicable que me trajo de regreso a la realidad, una música hermosa, el ritmo del jazz que una chica de baja estatura, de cabello rizado y rubio había puesto en la rocola del lugar. Tenía demasiado tiempo sin escuchar algo interesante en ese sitio, siempre eran melodías sinsentido, pero ¡ah, esa música! Creaba una revolución en mis adentros.

La chica se percató de que la observaba cuando dejaba la rocola. No podía esconder mi mirada en otra persona u objeto, por lo cual la miré fijamente y le sonreí. Ella hizo exactamente lo mismo y se dirigió a su asiento, en la barra. Continué con lo mío, devorar esos huevos fritos, no había necesidad de pensar más allá, fue una simple mirada, me vi reflejado un poco en ella con ese gusto musical, sólo eso, porque cuántas personas existimos con los mismos gustos musicales o literarios, pero al mismo tiempo tan diferentes, no hay nada de excepcional en eso, lo verdaderamente espectacular fue cuando vi a esa rubia dirigirse hacia mí, en el primer instante creí que iba al baño, no podía existir otra opción, no obstante su mirada me decía algo, me avisaba, eran señales de alerta, era un llamado a larga distancia, por lo cual recobré la compostura y esperé el momento de contacto.

- Hola, mi nombre es Clara, ¿me puedo sentar?
- Claro, siéntate
- Y cómo te llamas, he visto que te gusta el jazz
- Miguel, me llamo Miguel y sí, el jazz me fascina, en este sitio nunca había escuchado a Parker

No pensaba muy bien con una mujer tan hermosa frente a mis ojos, qué podía decirle, realmente poco, así que me reserve a contestar sus preguntas. Charlamos cerca de media hora, me preguntaba cosas extrañas y yo contestaba de la misma forma, hasta me daba el lujo de mentir, además no la vería más, no había problema en contar cosas falsas, tal vez se las creyera, tal vez no, quién podía saber eso… ¿ella?. Me invitó a tomar un trago unas calles adelante cuando acabé con los huevos fritos, acepté sin pensarlo dos veces, no perdía nada, no tenía nada por hacer y unos tragos con una acompañante siempre es mejor que cualquier cosa.

Cuando llegamos al bar, sin consultarme, pidió dos whiskys dobles. Con el primer trago me desinhibí un poco y comencé a interrogarla. Por las respuestas supe que era una mujer inteligente, había estudiado filosofía, se había mudado de la casa de sus padres a los diecisiete años, trabajaba en un sitio, supuestamente ella, demasiado privado donde la paga era buena, le daba para comer, pagar la renta de un departamento e ir de compras cada quince días. Tomamos otros tres vasos y justamente cuando terminamos el tercero me invitó a pasar el rato en su casa, escuchando jazz con la compañía de más whiskey.

Ya en su casa continuamos la plática. No recuerdo de todo lo que charlábamos, creo no haberme interesado lo suficiente, simplemente fingía poner atención, asentir cuando se debía, decir unas cuantas palabras en ciertos momentos, todo eso, no necesito ser un hipócrita, un oídos de compañía, no, no soy así, con sólo escuchar su lenguaje deducía su inteligencia, eso me bastaba para pasar el rato, no quería anotar con ella, no lo necesitaba en ese momento, simplemente deseaba beber con alguien y escuchar buena música. Al estar sentados en su sofá de piel, muy como por cierto, me invitó otro vaso de whisky, lo acepté pero cuando estaba con la licorera en la mano, me dijo – no te gustaría… joderme-.

Joder, una palabra realmente fuerte, ese léxico ya no me agradaba, era una loca esta mujer, lo mejor sería salir de ahí con toda precaución, pero cuando comenzó a desabotonar su blusa, ya no podía hacer nada. Me desvestí rápidamente, ella me vio con una sonrisa un tanto burlona mientras las medias estaban saliendo de sus hermosas piernas, vi su ropa interior, brassier y bragas del mismo color, senos bien formados. Se acerco a mí y…

Fue la mejor noche de mi vida, sentir su piel, su aliento, sus muslos, toda ella olía tan rico, era un olor que tal vez sólo el cielo ha de tener. Nos desaparecimos en la cama, corrimos con el cielo, nos juntamos con el universo, creamos y destruimos mundos, nos enjuagamos con aguas cristalinas, nos ensuciamos con viscosidades corporales, fuimos uno, un ser doble, pero uno, uno, cuando ella suspiraba yo suspiraba, cuando ella gemía yo era ese gemido, me impulsaba hasta el techo, hasta el cielo, me hacia abandonar la habitación con su respiración, era el Armagedón, era la Creación, era el instante mismo de la creación, no de la humanidad, ni de la tierra, la del universo mismo, el vacio, las estrellas, los planetas, los meteoritos, la explosión, la expansión, veía todo eso y más, pero ella en el fondo, mi Venus, siempre en el fondo, mi Laura, mi Lucy, siempre en el fondo, esa imagen hermosa con las sabanas a punto de caer, resbalando por la cama, era el mejor cuadro, éramos seres divinos, teníamos todo, tenía todo, felicidad, amor, odio, coraje, esperanza en un simple instante, todo junto, era Dios, era Dios.

A la mañana siguiente me dijo que le debía trescientos pesos, mi asunción costó trescientos pesos, pagué sin reclamos, pero me acerqué a ella nuevamente, a esos labios, la besé como el día anterior, me besó como el día anterior, la magia continuaba, aún conservaba ese aroma divino. Me aparté un poco para observarla y sí, no había duda, era un ángel aquella dama, hermosa, magnifica, y yo ya no era dios, las sabanas ya no estaban cálidas, nuestro momento de gloria había pasado. Ese momento con ella fue lo mejor de mi vida, piensen lo que piensen, si es amor comprado, o barato, o pasajero, o fácil, realmente no importa, nada importa cuando se vive en un mundo como este, el amor y todas sus sensaciones no tienen un adjetivo claro, es simple y sencillamente amor.

15 ene 2010

El Monarca no tiene casa,
Ni amigos, ni primos,
Sólo madre y padre.
El Monarca vive solo.
Camina por las calles,
En busca de algún trabajo.
El Monarca tiene mucha ropa,
Pero muy poca le sirve.
El Monarca salta charcos los días de lluvias.
EL Monarca se resguarda del sol bajo arboles grises en primavera.
El Monarca se mete bajo la tierra en invierno.
El Monarca, dicen algunos, no siente, no piensa.
El Monarca viaja gratis al espacio sideral
El Monarca lo que sabe es porque lo vive
El Monarca arranca pasto para jugar
El Monarca toma piedras para aventar
El Monarca vive en la noche y en el día
EL Monarca no tiene hora para dormir
El Monarca tiene madre y ella lo ama
El Monarca y su madre andan juntos
Su madre se llama Ciudad
Su padre se llama Asfalto
EL MONARCA VIVE EN LA CALLE
EL MONARCA ES LLAMADO NIÑO DE LA CALLE
EL MONARCA ES UN MONARCA COMO MILES EN ESTE PAÍS
 

Copyright 2010 Dios escucha por los ojos.

Theme by WordpressCenter.com.
Blogger Template by Beta Templates.