17 jun 2010

Martín es un hombre de pocos amigos. Cuenta con dos: Miguel y Manuel. Los sábados salen a caminar por la ciudad. Primero, llegan a una fondita para comer. Acompañan sus alimentos con una cerveza. Hablan muy poco en ese momento. Solamente se observan y sonríen. Al acabar, encienden un cigarro. Lo fuman despacio. Todavía sin hablar.

Al salir, van por un café. En el pequeño lugar comienzan a hablar sobre sus trabajos. El dentista sobre las muelas. El profesor sobre los alumnos. El estadista sobre los números. Pocas veces comprenden totalmente la información del otro. Simplemente asienten con la cabeza y todo está listo.

Al acabar el café se dirigen a un parque cercano. Se sientan en una banca. Fuman y fuman. Fuman y fuman. Ven a las personas. Charlan sobre sus exnovias. Charlan sobre sus historias pasadas. Ríen un poco. Observan a la gente. La gente los observa y ellos… miran para otro lado.

Cuando el sol está por meterse, se despiden. Taxis a diferentes lugares. Apretón de manos. Manuel se va. Otro taxi. Apretón de mano. Miguel se va. Martin se queda en ese parque. Observa a la gente y decide regresar a pie.

En el camino, piensa en sus amigos. Son buenas personas, según él. Piensa invitarlos a comer el próximo miércoles. Avanza sobre la avenida. Toma el metro. Sería perfecto para Martín romper la rutina de los sábados. Un miércoles sería mejor. Llega a su destino. Camina otro poco para su casa. Al abrir la puerta. Al entrar la llave. La idea de invitar a sus amigos se esfuma. Los verá hasta el próximo sábado. Sí. Hasta el próximo sábado.

16 jun 2010

Al pobre de Martín no le agrada conducir. Tiene un carro viejo, viejo. Lo utiliza para ir a trabajar. Para ir al mercado. Para ir por el pan. Para ir a la tienda.

No le gusta manejar esa chatarra. Cuando va por las calles el asiento le molesta. Le molesta la palanca de velocidades. Le molesta el motor. Odia ese humo que deja atrás. Odia el escape que explota y lo espanta.

No quisiera utilizar más esa máquina vieja. Quisiera tirarla por algún despeñadero. Verla incendiarse. Escupirla. Orinarla. Romperle el parabrisas. Despedazarle el retrovisor. Mandarla al diablo. Olvidarse de ella por completo.

Aunque algunas veces se siente mal por pensar todo aquello. La ama por un instante cuando la observa estacionada. Tan solita. Tan feíta. La ama como si fuera un ser de carne y hueso. Tan sólo si tuviera un poco de dinero para arreglarla. Para hacerla más bella… Para cambiarla.


15 jun 2010

Martín busca desesperadamente entre sus cosas una pluma. Desea escribir el cuento sobre una mujer enamorada de un hombre. La dama se llama Paula, el caballero se llama Paulo. La idea la ha tenido durante todo el día, sin embargo, no encuentra su pluma.

Desordena el desorden de su escritorio. Tira papeles. Tira cajetillas de cigarros. Tira la foto de su exnovia. Busca sin cesar el bolígrafo de cinco pesos. Quita revistas. Quita diccionarios. No lo encuentra por ninguna parte.

Piensa que pudo haber olvidado su pluma en la cocina. Cerca de la estufa no está. Sobre la mesa… tampoco. Tal vez pueda estar en la pequeña sala. Primer sillón, no está. Segundo sillón, no está. Tercer sillón… encuentra sólo el tapón.

Triste y desilusionado regresa a su alcoba. Pone en su reproductor All the thing you are interpretada por Dizzy Gillespie. No acaba de escuchar la canción. Apaga la computadora y decide irse a la cama.

Martín junta toda la ropa que acaba de quitarse. La pone sobre la sillita y se dirige a la cama. Se acuesta y comienza a pensar en todas las cosas que hizo durante el día: Pinté la cerca, Bañé al perro, leí el periódico, eran las noticias más tristes… Pasan las horas, una, dos y Martín no puede dormir.

Se levanta por un vaso de agua. Regresa a la cama. Aún no puede dormir.
Se levanta por leche tibia. Regresa a la cama. Aún no puede dormir.
Se levanta al baño. Regresa a la cama. Aún no puede dormir.

Enciende la lámpara y toma el libro del buró. Se entretiene en las historias contadas por aquel argentino. Se siente dentro de cada cuento; él es el personaje principal, ya sea una mujer, un hombre o un animal, ese es él: Martín.

Son las cuatro de la madrugada, todavía no concilia el sueño. Se levanta de la cama. Toma su ropa que está en la sillita y se decide por fin a lavarla.

14 jun 2010


Martín sale a comprar las verduras para la sopa. Va al mercado más cercano y pide lo que necesita:

Lista de Martín para la sopa

- 1 kilo de papas
- 1 kilo de zanahorias
- 1/2 kilo de ejotes
- 1 kilo de calabacitas

Regresa a su casa. Pone todo en orden para hacer la sopa. Hecha agua a la olla y coloca las verduras. Se dirige hacia el televisor, lo enciende y se queda ahí durante horas. El agua de la olla se consume, las verduras quedan solitarias en aquel viejo recipiente, solas, tan solas como Martín frente al televisor

9 jun 2010


In Memoria Xavier Villaurrutia

Nas noites sai percorrer o bairro. Somente tem um objectivo, o único objectivo que tem tido desde há dois anos, quando se apercebeu que sem ela a vida realmente tinha pouca significação. As dois da madrugada sai recorrer a rua, as luzes da cidade o fazem engrandecer ou diminuir segundo sua posição, os cães são seus melhores acompanhantes, essa é a hora exacta para caminhar, para procurá-la... é a solidão da noite.

Caminha sem direcção nenhuma, à esquerda, à direita, espera encontrar seu tesouro num canto escuro, numa rua perigosa, no obstante, nunca a tem encontrado, pareceria que se lhe esconde, mas nunca tem querido marcar um encontro com ela, porque se o fizesse eliminaria o romanticismo, a surpresa da qual a vida esta feita, por isso a procura, por isso não marca um encontro.

Se tem cansado de sair pelo asfalto urbano, de observar a lua em suas diferentes posições. Esta cansado de levantar as pedras, esta cansado de procurar nos buracos sem encontrar essa mão que ele deseja, de un tacto sutil y blando, para não terminar espantado quando por fim a vier.

Quando o dia chega com seu máximo expoente, o sol, ele dirige-se a sua alcova para dormir embora que seja por um momento, para poder esquecer o despeito que sua amada provoca-lhe. Às quatro da tarde decide que é a melhor hora para comer uma sandes e beber um refrigerante; para fumar um cigarro depois do almoço, para se sentar na cadeira velha do seu avô e escrever do amor, da morte, da morte, da sua belíssima dama.

Sabe que é uma pessoa paciente, isso é certo, é uma pessoa paciente, porque se não fosse assim, tiver contactado a sua amada de outra forma, de qualquer maneira com a intenção de vê-la e senti-la mais próxima; de ver esse rosto pouco conhecido, de sentir sua fria mão acariciar sua face, por isso é um homem paciente, mas a paciência acaba-se em algum momento, e o momento +e justo esse mesmo dia, a noite do dia, alem que soe irónico; o encontro realizar-se-á essa mesma noite, o tem decidido.

A lua é um quarto minguante, a pode observar desde sua janela. Aproxima-se ao teclado do computador e escrever duas linhas, dá a ultima fumada ao cigarro e olha o laço que se balança do tecto, tudo esta pronto para chegar pontual ao encontro, sobe a sedia, coloca o laço no seu colo, aperta com suas forcas todas o nó e grita:

Que posso pensar ao ver-te, se na minha angustia verdadeira teve de quebrantar a espera

3 abr 2010

-El día de ayer me pediste ayuda, pero ahora que vengo te haces el tonto y me ignoras. Dime, qué demonios pasa por tu cabeza, crees que estaré aquí por siempre, creo que te equivocas.

-Me podré equivocar en muchas cosas en esta vida, mamacita, pero estoy cien por ciento seguro de tu presencia en esta habitación siempre que lo requiera. Eres tan común, eres igual a las demás, buscas un momento de compañía y yo soy tu compañía, tu única compañía, por lo cual no debes de quejarte y anda, ayúdame a recoger esto.

-Entonces… sí deseas mi ayuda. ¿A caso es tan difícil decirlo?, dime, dime que me necesitas, no hay nada de malo en ello.

-Bien sé eso. No hay nada de malo pero no es una ayuda de esas que se piden. Tú deseas verme arrodillado, llorando, suplicando por tus malditas manos, no lo haré. Si quieres ayudarme levántate y ven para acá, rápido.

-¡ah! Con que ahora me apresuras, me ordenas. Esto ya no me parece ayuda, papacito, no, no, no. Me largo, te dejo y esta vez va en serio, ya no temeré más a esa soledad, al fin tú la creaste, fueron tus palabras las hacedoras de ese gran vacío que no me permite salir de esta relación, porque antes a ti estaba totalmente sola y no me importaba y no quería a nadie, a nadie, te lo juro.

-No conocía hasta donde podían llegar tus mentiras. Eras una mujer desesperada, recuérdalo, mamacita. Buscabas hombres por toda la calle, por las avenidas, por esos centros nocturnos donde se reúnen la bola de supuestos seres sociales, ahí estabas todos los viernes en busca de algún tipejo.

-Sí, sí. Ahí estaba yo todo los viernes, eso no lo niego, pero no buscaba a alguien, sólo quería emborracharme un rato, sabes lo bueno que es el alcohol, borracho de mierda, bien que sabes lo que es el alcohol. Ahora me vienes a dar un discursito de esos disque intelectuales, vamos borrachín, tú no tienes nada de intelectual.

-Te importa un comino si soy o no un intelectual, si soy o no un borrachito, eso es una cosa totalmente ajena a tu soledad. Tendré vicios, mamacita, como cualquiera, como cualquier puto ser humano los tiene, sin embargo, sin embargo estos vicios suelen ser mi compañía ciertas ocasiones, tú… tú no tienes ni un maldito vicio que te acompañe. Anda lárgate y deja de estarme molestando. Juro no volver a hablarte y si por alguna razón llegas a pararte por estos lugares tomo tu redondo culito y le meto una patada justo en el centro para correrte. Anda vete.

-Me voy, Erick. Te juro que no regresaré, ni me busques, esta mujer ya no es para ti.

-Anda, déjate de habladurías y cierra esa puerta, grandísima puta, largo, fuera de aquí.

Las manos de la chica temblaban al salir del departamento. Su mente trataba de apartarse de la idea de aquel hombre, del único hombre que había amado en su vida, mas no lo lograba, se sumergía en pensamientos, en vanos recuerdos con aquel granuja, cómo podía amarlo tanto a sabiendas del tipo de persona que era.

En sus pensamientos revoloteaba el dicho de uno de sus amigos: “las mejores mujeres acaban siempre con los peores hombres” y lo creía tan cierto en ese momento. Ella siempre le habría ofrecido un paraíso a ese tremendo hijo de puta, le complacía en absolutamente todo, sin embargo, él qué hacía por su bienestar, el qué hacía para mejorar la relación, se ponía a escribir sus cuentos sinsentido, sus cuentos sin pago, sin sueldo, sin dinero para comer, él no comía, no podía probar un alimento en dos o tres días, pero ella, ella sí era un ser humano.

Cómo un cabrón podía pasar las horas escribiendo, sin siquiera regalarle una mirada. Algunas veces deseaba ser vista, estar presente para el escritorcito, y éste se metía de lleno en las putas letras, en sus putos libros, con su cigarro en la mano, con su vaso de whiskey en la mesa, no tenía ojos para otra cosa que no fuera él. Una mujer se llega a cansar de ser invisible, de ser la ama de casa, de ser la lavandera, la cocinera, la mucama, de ser muchas cosas pero nunca mujer, con deseos y placeres por disfrutar.

Caminaba pensativa en busca de una solución a sus problemas, a su gran problema de ser un objeto. Cómo pasar de ser un objeto a ser un sujeto, tal vez buscando a otro hombre, el cual la pudiera entender, la pudiera observar en toda su esencia, el príncipe azul de los cuentos. No quería pensar más en el hombre barbudo y apestoso y viejo, no obstante, todos sus recuerdos la llevaban al mismo punto, con él, con el delicado pero cabrón, con el lindo pero hijo de puta, con él, su extraterrestre.

El semáforo estaba en verde. Se detuvo, se dio la media vuelta y regresó al apartamento, porque al fin y al cabo “las mejores mujeres acaban siempre con los peores hombres”. No se puede pelear con el destino, ella lo amaba tanto, no creía poder amar a otra persona como lo amaba a él.

-Está bien te ayudo a recoger

-Sabía que regresarías. Tienes un mal momento, sólo es eso, te entiendo.

-Cabrón, qué me vas a entender. Nunca lo harás.

-Puede ser cierto lo que dices, nunca te entenderé, pero no es necesario eso, mamacita, es cuestión de acostumbrarnos a vivir juntos, lo demás se va dando solo.

-No quiero hablar más del tema. Nos apuramos a recoger este desmadre de tu fiestecita y nos vamos a la cama.

-No puedo irme a la cama, necesito acabar el cuento. Te prometo que cuando acabe te despierto y hablamos por un momento.

-Está bien. No te preocupes, acaba tu historia, te la metes por el culo y yo te espero como siempre, como siempre, yo te espero.

 

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