13 sept. 2009


Creo haber esperado demasiado para cambiar mi vida. Llevo diez meses viviendo al día, sin ningún plan, sin ninguna aspiración, sin alguna idea en mente. Mi vida se ha vuelto tan simple, tan común que me da asco la mayor parte del tiempo. Todos los días trato de olvidar este vacío saliendo a caminar, mejor dicho a observar lo que acontece fuera, observo a la gente, a los animales, todo lo que encuentre pero realmente nunca olvido nada, porque continúo estando, continúo pensando y por lo tanto continúo existiendo.


Muchas veces pienso en culpar a alguien por lo que me ocurre en estos días, aún sabiendo que el único responsable soy yo. Comienzo a interrogar mentalmente, por medio de recuerdos, a cada persona conocida, pasa Pedro, pasa Juan, pasa Santiago y los demás apóstoles, pero ninguno es culpable; de pronto llego a María, ay María, tal vez en ella es la única en la cual puedan recaer algunas culpas.


María me dejó hace ya algunos meses. La continúo frecuentando pero sólo como amigos, sin embargo, el tiempo en el cual nos enrolamos fue grandioso. No fue una relación común, nada de eso, rompió los límites de la decencia, los trituro, los escupió. Fue una relación interesante para aquellas mentes capaces de mandar al diablo la moral cristiana, las buenas costumbres y otras cosas de ese estilo.


A María la conocí en un cine. Ella iba con su novio y yo con mi novia. Nos vimos en la taquilla, bueno, la vi. Le clave la mirada como un torero introduce las banderillas en el lomo del toro. Luego de ese instante la encontré nuevamente pero ahora en la confitería, donde yo esperaba una decisión de mi acompañante (palomitas o nachos) y a la vez intercambiaba sonrisas con María, al parecer en ese sitio, en ese instante comenzábamos a conocernos. Ya en la sala, cuando la película estaba por terminar vi un cuerpo perfecto que se levantaba en la tercera fila, esa era ella, no podía ser otra, por lo cual me levanté rápidamente para seguirla y preguntar por lo que se pregunta en situaciones de ese estilo.


Bueno, para que continuar con lo que pasó después. Comenzamos a conocernos, dejamos a nuestras parejas e intentamos un mundo por nuestra cuenta. Ya estando juntos vimos las diferencias (grandes diferencias) entre nosotros; yo decía blanco, ella respondía negro; yo decía bien, ella respondía mal y a pesar de eso nos amábamos, éramos una pareja espectacular, única. Solamente entre esos polos existía un punto central, un suceso nos ligaba, la muerte de nuestro padre, su progenitor murió arrollado por el tren, el mío simplemente se suicido.


La relación no tenía límites, estaba marcada por los excesos de todo tipo, nunca sabíamos parar, las fronteras se vieron destruidas. Experimentábamos totalmente la vida, llegábamos a durar semanas enteras borrachos en las casas de los amigos o bien, rentábamos un cuarto de hotel para pasar días sin salir, sin comer, sin entablar plática con la sociedad, a la cual sólo observábamos por la ventana de aquel sucio y maloliente lugar.


Debido a la forma de vivir que teníamos, María dejó la escuela. Estudiaba psicología en la Universidad Nacional, era una buena estudiante, era inteligente, responsable, una excelente lectora pero de pronto fue perdiendo todo eso, cambió los libros por botellas, los bolígrafos por jeringas y la mochila por condones. Todo se transformaba, nuestra realidad se distorsionaba y a pesar de ello eran grandes momentos cuando estábamos juntos.


Duramos dos años. Al parecer se cansó de todo. Nuestro rompimiento fue una tregua ante la vida, ante su cuerpo y cuando viene a visitarme recordamos nuestras andanzas, enumerando entre carcajadas las anécdotas sorprendentes: como las veces en que se orino en los pantalones o las veces que golpee a un amigo y hasta las ocasiones en que fue al hospital para hacerse un legrado. Todo aquello quedaba en simples recuerdos que compartíamos con una cajetilla de cigarros y algún disco del buen Dizzy. Reíamos toda la noche hasta el amanecer, luego María se iba.


Y así fue todo, y así es todo. Ella continúa estudiando, yo continúo escribiendo. Ella recuperó la sonrisa con la cual la conocí mientras yo me siento incomodo con lo que me rodea, con este círculo, con esta maldita cinta de Moebio que trato de deshacer a diario por medio de ideas plasmadas en hojas, llámese cuento, llámese poesía o una simple carta, no obstante, he llegado a una posible conclusión después de contar todo esto: mi malestar se debe a mí y a la sociedad, el vacio podrá ser llenado cuando me integre nuevamente al mundo, como María lo hizo, tal vez podría funcionar, solamente dejaré que la tinta de este bolígrafo se acabe y enseguida pediré tregua.

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